La protagonista de la crónica con Daniela. Foto: Arletys González /RA
No hacen falta alas para hacer un sueño… así comienza una canción del cantautor ariguanabense Silvio Rodríguez, quien desde un vínculo exacto de las palabras transmite ideas precisas y textos tan subjetivos como el del Apóstol cuando cita en una de sus canciones estas letras: Solo el amor convierte en milagro el barro.
Y precisamente un milagro es mi protagonista, una niña que nació en Cuba, una niña llamada Daniela que al cumplir sus seis años fue diagnosticada como una alumna con necesidades educativas especiales y trasladada a la escuela especial 17 de abril de San Antonio de los Baños. Daniela fue acogida por un claustro de maestros que logran compensar y corregir muchas de esas necesidades que la vida le ha puesto como reto.
Nuestro vínculo comienza un año después. Por causas del destino llego hasta esa escuela como instructora de arte y con el objetivo de cumplir la misión de nuestro comandante en jefe Fidel Castro Ruz, cuando a todos los de la guerrilla de instructores de arte nos exigió laborar como médicos del alma. Así fue, llegué a la escuela cargada de títeres, paciencia, tolerancia, amor y en el fondo del alma un cosquilleo de mariposas en vuelo, de ese que se siente pocas veces en la vida.
Ahí estaba ella, entre tantos, con ese carácter reservado y tímido que muchas veces la hace pasar desapercibida. Ahí estaba ella, con ojos perfectos que deducían toda ternura y que resultaban opuestos a la tensión de su rostro y la presión de sus manos rasgando un papel.
Fue largo el camino que recorrí tratando de acercármele, días, semanas, todo septiembre. En octubre recibí una sonrisa muy pequeña, pero sonrisa al fin, mostraba la alegría del alma a nuestro encuentro. No recuerdo en que momento nos convertimos compañeras de viaje en asientos continuos del ómnibus de transporte escolar, yo hablaba y le contaba de mi vida, de mi pasión por todo lo que se me ocurriese que pudiera llamar su atención, ella, solo escuchaba. Al despedirla le daba un beso y le deseaba una buena tarde, ella sonreía y nada más.
Hasta uno de esos días que las ansias de hablarle al mundo fueron mas fuertes que la timidez y con voz temblorosa y textos muy exactos me contó que tenía un hermano que quería mucho y una mamá que trabajaba y le preparaba meriendas para su ciclo diario escolar.
Comencé a insertarla en mi quehacer laboral, se volvió protagonista de mis talleres teatrales, le brindé los títeres y la paciencia, la tolerancia, el amor que traje un día a la escuela. Olvidé mi profesión y acudí a mis sentimientos y la volví mi amiga. Bailamos, actuamos y hasta logré enseñarle la canción Lo feo de Teresita Fernández. Desde ese entonces visito su casa, participo en sus cumpleaños y conozco a una familia maravillosa que desde su humildad extrema, resanan el hogar con amor que se antepone a las carencias materiales que surgen en el camino.
Ya Daniela ha crecido mucho, cursa el quinto grado y es mi amiga. A veces temo a nuestro encuentro pues tal vez, hablemos mucho de cualquier tema, pero también cabe la posibilidad que solo tenga para mí un abrazo y un apretón colgada a mi cintura, de esos que te ruegan que nunca te alejes, y yo, le correspondo, solo le digo: Vine a verte, disfruto su sonrisa, su silencio, con el placer de la misión cumplida y me pierdo en la inmensidad de esta amistad entre una mujer y un ángel, que definitivamente, no necesita alas para volar por este mundo. Cierro mis letras regalando a mi amiga Daniela los siguientes versos del Apóstol.
Debes amar
la arcilla que va en tus manos;
debes amar
su arena hasta la locura
y si no,
no la emprendas que será en vano;
sólo el amor
alumbra lo que perdura…
sólo el amor
convierte en milagro el barro…
Debes amar
el tiempo de los intentos;
debes amar
la hora que nunca brilla;
y si no,
no pretendas tocar lo cierto…
sólo el amor
engendra la maravilla
sólo el amor
consigue encender lo muerto…
José Martí (La Habana, 1853-1895)