Gracial, Despaigne y Santos destacaron entre los cubanos. Foto: Tomada de Internet
El Cuarto Clásico Mundial de Béisbol cerró sus imaginarias cortinas con el título de Estados Unidos. Amigos, vecinos y conocidos amantes a la pelota me solicitaron que escriba sobre el resultado de Cuba y su paso por este evento. Para la selección tricolor, un contundente nocauts beisbolero propinado por Holanda, resultó la despedida fatal, una respuesta a coro que dejó muy claro el estado actual de nuestra pelota.
Debilidades en el pitcheo y mala selección de nuestros bateadores con relación a la zona de strikes, fueron dos de los elementos que llevaron a la novena de Carlos Martí a la derrota.
Digo derrota, porque como cubanos apasionados del béisbol, esperábamos más de nuestro equipo. Incluso, a sabiendas de sus carencias. ¿Por qué? Sencillo. El béisbol cubano de los años ochenta, nos enseñó a pensar y soñar de manera triunfalista, sin saber que un día podría llegar la debacle de nuestra pelota, esa que ahora vivimos y sufrimos. Pasamos de ser los duros de la película, para convertirnos en tristes protagonistas de una muerte anunciada.
La derrota no me toma de sorpresa, porque antes de partir a la contienda beisbolera se sabía que las opciones de avanzar en el organigrama de competencia, eran muy escasas.
Cuba logró en el Clásico cumplir con el objetivo que llevaba. Superó la primera ronda. A duras penas, pero avanzó. Amén del madero de Alfredo Despaigne, protagonista principal de que se cumpliera el objetivo.
Ya en la fase siguiente, otro gallo cantó, y no precisamente el de Morón. Por momentos el elenco tricolor mostró garra, calidad y talento de sus jugadores.
Lo experimentó Japón como rival, pues le fabricaron once carreras en dos juegos. Creo que al menos uno de ellos pudo ser victoria. Por momentos, el equipo también flaqueó. Salieron a relucir las deudas que posee nuestra pelota actual.
No hagamos leña del árbol caído. Nuestros peloteros no son culpables de la anemia que sufre el béisbol doméstico. Ellos son solo el resultado de muchas deficiencias acumuladas, esas que afloran, porque no se trabaja con la profundidad y profesionalidad que exige el momento.
Los atletas de este equipo de béisbol, jugaron con amor a la bandera, con disciplina en busca de la victoria, remontaron marcadores y se desempeñaron en el diamante, sin la llamada “presión” de siempre. Pero esta vez, Goliat fue superior a David.
Ellos merecieron un mejor recibimiento. Llegaron a la patria cual si fuesen protagonistas del serial cubano En silencio ha tenido que ser. Una escueta nota en la televisión nacional y como dijera el maestro José Antonio Salamanca: Adiós Lolita de mi vida. Casi nadie se enteró que regresaron a Cuba. ¡Qué lástima! No fue esa la mejor manera de actuar.
Es tiempo de cambiar la mentalidad con relación al béisbol cubano. Tiempo de reflexionar por el bien de un deporte que mira desde abajo, con deseos de llegar a la cima que un día le perteneció. Es hora de evaluar con urgencia la posible inclusión de peloteros cubanos que juegan en otras ligas para que se inserten en la nuestra.
Vestir las cuatro letras en su pecho como hijos de este archipiélago, no puede verse como un delito, sino como un privilegio. Cuba es su panteón nacional. Al fin y al cabo, son cubanos y merecen esa oportunidad.
Mejorar la calidad de los estadios, la estructura de competencias de nuestro mayor clásico doméstico, y devolverle al béisbol el valor que merece y reclama, es tarea de primer orden para los encargados de regir los destinos de nuestro pasatiempo nacional.
Solo así, podremos aspirar a una mejor actuación en el venidero Clásico. Podremos soñar con un resultado que otra vez, inunde de alegría las calles de la capital con el paso de nuestra selección. Algo así como lo sucedido el 21 de marzo de 2006, con los subcampeones del primer Clásico Mundial. Al menos esa es mi opinión.

