Voluntarios españoles. Foto: Tomada de InternetLos voluntarios españoles de La Habana iniciaron el año 1869 con una serie de actos que culminaron con la expulsión del capitán general Domingo Dulce.
Entre los hechos que conmocionaron a la capital por aquellos días se destacaron los ataques al teatro Villanueva, al café del Louvre y al Palacio de Aldama. El fanatismo llegó a tal punto que hasta se organizó el entierro de un gorrión. Justo Zaragoza, un escritor de la época colonial, para nada simpatizante con los cubanos, calificó al ferviente entierro como una “farsa extravagante e intencionada”, que comenzó por una frivolidad y luego se tornó en un suceso político.
Un voluntario de la compañía de tiradores del séptimo batallón encontró, debajo de los laureles de la Plaza de Armas, un gorrión muerto en la tarde del jueves 25 de marzo de 1869. Recogió al pajarito y lo llevó al cuerpo de guardia del Castillo de la Real Fuerza. Como en aquel lugar estaba de retén el batallón, decidieron entretenerse haciendo una vestidura y un altar para colocar al gorrión. Desde aquel momento el chiste fue tomando carácter patriótico.
Se habló del suceso en los periódicos y se circularon invitaciones para visitar al gorrión voluntario. Todas las personas que se contaban entre los buenos españoles y las que quisieron probar que eran simpatizantes de la Corona, acudieron al lugar. La esposa del marqués de Castell Florit, la del gobernador político de la isla de Cuba y otras señoras de la alta sociedad, asistieron al velorio.
Al Castillo de la Real Fuerza llegaron coronas de flores para el gorrión y hasta donativos en metálico para erigirle un monumento. Chistosos artículos necrológicos y varias composiciones sobre el gorrión fallecido aparecieron en los diarios de la época. Tanto ruido hizo el asunto que las entradas al lugar donde se hallaba tendido el cuerpo del ave produjeron, en un solo día, más de trescientos duros. Por tal motivo ciudades como Matanzas y Cárdenas reclamaron al gorrión para celebrar fiestas públicas a favor de España. Historia curiosa, pero cierta.