No debe resultar tarea sencilla para ningún ser humano vivir como paciente con el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH). Constituye siempre una noticia difícil de procesar, sobre todo en aquellos casos de jóvenes o adolescentes. Para nosotros, la vida es mucho más compleja de lo que a veces deseamos, pero a la vez es el regalo más valioso que poseemos. En mi criterio, cuando algo, o alguien afecta o pone en riesgo ese privilegio de respirar, correr, dormir, trabajar o amar el mundo parece perder sentido a nuestro alrededor.
Cuando se vive con VIH ya no vale pensar en el ayer, en ese momento en el que se tomó el camino equivocado, y no fuimos lo suficientemente responsables para protegernos. Por eso considero que cada instante íntimo, cada relación debe estar antecedida por la decisión de preservar nuestra salud, y también de esa pareja que ha confiado en nosotros.
No obstante, cuando ya no hay marcha atrás, cuando el VIH se apodera de todo el ser humano, el paciente con VIH debe aferrarse más que nunca a la vida, mantener elevados sus cinco sentidos, alimentarse, realizar al pie de la letra los tratamientos. Pero sin dudas, para ello, es indispensable el apoyo de quienes le rodean. Convivir con personas portadoras del virus requiere de información para ayudar al afectado y asumir adecuadamente el rol de familiar, amigo, compañero de trabajo o estudio, e incluso el de pareja. Aunque el VIH no tiene cura, soy del criterio de que la vida de los que lo portan puede resultar más satisfactoria si conviven en un clima solidario.
Cuba ha ganado experiencia en el control y el tratamiento eficaz de esta enfermedad, pero no por ello se detiene su aparición. Al contrario, se hace énfasis en el comportamiento, sobre todo de los jóvenes, que asumen conductas irresponsables, ingenuas, al pensar que un condón limitaría el placer, en lugar de entender que, de no usarlo, podría poner límite a su propia vida. Ante el fenómeno aún vigente es preciso accionar mucho más desde el plano espiritual. La manera de actuar en la comunidad, la educación en el hogar y el enfrentamiento cara a cara con este fenómeno deben constituir pruebas de amor pero sobre todo, una prioridad.


