Enero suena a danzón

Danzón. Foto tomada de internetDanzón. Foto tomada de internet Enero suena a danzón. No solo porque el músico matancero Miguel Faílde diera a conocer en enero de 1870 ese ritmo surgido de las herencias de la danza y la contradanza cubana, sino porque, según se estima, en un enero anterior a la guerra de 1895, llegó a la villa del Ariguanabo y comenzó aquí su segundo nacimiento.

Las primitivas orquestas que interpretaban danzón estaban más próximas a las bandas militares que a las orquestas actuales (denominadas charangas). Se componían de cornetín o trompeta, trombones, bombardino y clarinete o flauta, edemas del figle, instrumento parecido al saxofón que ya no se fabrica ni se utiliza en el mundo.

Inconformes con sonoridad tan recia para expresar un ritmo cadencioso, pausado y sensual, los hermanos Valenzuela, de San Antonio de los Baños, comenzaron a transformar aquella orquesta incorporándole instrumentos de cuerda (violines, viola y contrabajo) que dulcificaron la melodía, haciéndola propensa a “bailar en un solo ladrillito” y a los susurros al oído de los enamorados. Pero, sobre todo, el danzón adquiría un espíritu orquestal más moderno y comenzó a ser tal cual lo escuchamos hoy. Vendrían luego los aportes de Antonio María Romeu con el piano, y José Urfé en los montunos y la percusión cubana.

Aun cuando el danzón no sea hoy favorito de los bailadores, ni cuente con una difusión sistemática en los medios de difusión, el aporte de los Valenzuela no forma parte de un aburrido pasado. En muchas orquestas actuales pervive su legado, por ejemplo,  Aragón, La Revé, Los Van Van o Manolito Simonet y su trabuco  en las cuales se mantiene el diseño instrumental que las hizo únicas en el mundo, a la vez que las conectó con lo más contemporáneo de la música universal.