Marcado por la suerte

En instantes del año que suelen consultarse horóscopos, cartas astrales, letras del año y demás predicciones, un amigo camagüeyano me recuerda  lo fortuito de padecer nombres y apellidos. Nacidos del intenso vínculo del ser humano con el mundo, los apellidos refieren una lista interminable de plantas, animales, oficios, partes del cuerpo, lugares geográficos, colores y una gran diversidad de elementos de la realidad cotidiana, que muchas veces intentan relacionarse con la personalidad de quien los lleva.

Son usuales Cordero, Águila, Toro, Delfín, Palomo, Gallo, León, Becerra, Borrego, Curiel y Grillo; en tanto de la flora recordamos Manzano, Pino, Naranjo y Álamo, entre otros. Campo, Arroyo, Cuevas, Monte, Costa, Peña, Sierra y Rioseco, nos recuerdan accidentes geográficos, mientras que de los oficios evocan la posible ocupación de algún ancestro: Herrero, Viña, Labrador, Pastor, Piloto, Triguero, Molinero, Marino, Zapatero, Puentes u otros con mayor abolengo: Caballero, Escudero, Vasallo, Hidalgo,  Infante, Conde, Castillo, Palacios y Reina.

Para las artes adivinatorias son muy favorables y demostrativas las cualidades que se convierten en apellidos: Bravo, Manso, Galán, Bueno, Recio, Leal, Clemente, Estable, Calvo, Cortés, Pulido, Alegre, Valiente, Caro, Pena, Cuadrado y Ventura, así como los colores: Rojas, Marrón, Blanco, Morado y Pardo, por solo citar algunos. Claro, que como apunta mi colega de Camagüey esto no significa que alguien de apellido Delgado no pueda ser obeso, o algún bravucón sea Paz, o alguien muy pedante, Corcho. Pero así andan las cosas cuando esas palabras nos acompañan a la eternidad y parecen signarnos en todas las acciones.

Aún aquellos apellidos que parecen despojados de un sentido tan evidente y directo como los mencionados, nos remiten a conceptos muy lejanos ya del presente. Por ejemplo: Gutiérrez, proveniente del latín (ego-terras, es decir, “yo tengo tierras”), al igual que los Pérez y los Pedroso, cuyo origen se asocia a pedre o piedra. Sin embargo, ni esa extensa relación de apellidos que se pierde en el tiempo y el espacio, ni las más profundas artes del vaticinio, podrán calificar la riqueza y variedad del género humano, y en definitiva lo que somos, haremos y viviremos en los días por venir. Eso que llamamos suerte, está en nuestras manos.