Fidel Castro Ruz. Foto: Tomada de Internet
Enmudecieron los hombres. Palpitó el corazón con la fiereza de un jinete a degüello. La noche apagó la luz de las estrellas en honor a su partida. Eran las diez y veintinueve minutos, cuando cayeron para siempre las pupilas el líder histórico de la Revolución Cubana.
Dolor, silencio, tristeza. Murió Fidel Alejandro Castro Ruz. Partió hacia la eternidad el guerrillero, el estadista, el artífice de tantas batallas. Las que supo ganar al tiempo y la tempestad del imperio.
Dejó de existir, porque así lo exige el destino. Se marchó sin tiempo para despedirse. El amigo de todos, el joven del directorio revolucionario, el que asaltó el Moncada, el que a golpe de fiereza organizó la ruta del Granma, el que vistió de verde olivo y levantó su fusil en la Sierra Maestra. El que peleó en las arenas de Playa Girón. El mismo que alzó su voz en las Naciones Unidas y nos enseñó el concepto de Revolución, tomó el camino del cielo.
¡Caramba, Comandante! Las ideas se agolpan para homenajearle. Le confieso no estar preparado para esta crónica. Hubiera preferido escribir de su fortaleza espiritual, de su visión y claridad política, de sus reflexiones en el diario Granma, aun cuando exhibía sus 90 años.
Quijote de muchas generaciones. Dices adiós y todavía me resisto a creer que es cierto. Se marcha al encuentro con Martí, Guiteras, José Antonio Echeverría, Juan Almeida… Se marcha y deja un vacío que nadie podrá llenar. Se marcha y en su ausencia, los lacayos del norte, querrán derrotar su obra, su inmensa Revolución construida a fuerza de sangre y sudor.
Caballero de su tiempo. Hacedor de sueños entre tantas quimeras. Conocedor del deporte, la cultura, la ciencia o la agricultura. Caminante de botas enlodadas o traje de gala, de tabaco en los labios o sonrisa amigable.
Cubano que desenvainó el machete y cortó caña en la zafra de los 10 millones. Nunca conociste el miedo a la crueldad de los huracanes. Siempre estuviste ahí, donde acechaba el dolor, donde estaban los desposeídos.
El hombre sencillo, humilde y cordial, merece todos los honores. Cautivador de amigos, no importaba la identidad y posición social. Ahí estaba usted para estrecharle la diestra. Gabriel García Márquez, Nelson Mandela, Estela Bravo, Lucios Walker, Diego Armando Maradona o Mohamed Alí, son una prueba de ello.
Muchas cosas pudiera decir en esta mañana gris y sombría. Pudiera decir que no has muerto. Volverás de cualquier parte porque sigues presente. Llegarás de vuelta después de sonreír con los pequeños del círculo infantil. Vendrás henchido de placer, luego de obrar con todos y para el bien de todos, como dijera el apóstol. Cuba entera se duele envuelta en lágrimas, al saberte inmóvil.
Querido Fidel. Usted se marcha y no podemos evitarlo. Así es la vida. Muchas veces hermosa, otras con duros episodios. ¡Eterno adiós, Comandante! No digo más. Se agotan mis ideas ante el dolor de perderle.
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