Los buenos maestros cubanos, abnegados en el ejercicio de su profesión, dejan a través de los años profundas huellas en el corazón de sus alumnos. El paso del tiempo puede que nos borre sus nombres de la mente, pero sus enseñanzas perduran en nuestro modo de actuación. El encuentro de hoy está dirigido a rendir homenaje a esos maestros que durante siglos se han entregado a la formación del hombre nuevo.
Don Juan Claudio Díaz, según se tiene noticias, fue el primer maestro que ejerció en San Antonio de los Baños. Desde antes de 1821 se desempeñaba como maestro de la única escuela existente en la Villa. En 1837 fundó en La Habana, el Real Colegio Cubano, uno de los de mayor crédito de su época. Tres años después promovió el establecimiento de las Escuelas Normales para Maestros, siendo director de ellas. Por orientación de Francisco de Arango y Parreño, viajó a Güines para aprender el método lancasteriano y aplicarlo en el colegio ariguanabense. Junto a don Esteban de Navea y Manterola, educador de avanzada que tuvo a su cargo la introducción del referido método educacional, escribió un texto de Gramática Elemental y un Tratado de Aritmética Elemental. Dedicado siempre a la docencia, la muerte lo sorprendió en la ciudad de Cienfuegos, el 11 de abril de 1853.
José de la Luz y Caballero expresó: “La escuela la hace el maestro. Un buen maestro debe ser un hombre que sepa más de lo que se le exige enseñar, a fin de que lo haga con inteligencia y con gusto; dotado de un alma noble y elevada, para poder sostener aquella dignidad de carácter y porte, sin la cual jamás logrará el respeto y confianza de los padres; que ha de poseer una singular combinación de suavidad y firmeza: que no ha de ignorar sus derechos, pero que le está mejor acordarse de sus deberes, dando a todos un buen ejemplo”. Si nos remontamos con este aforismo a la época en que éramos estudiantes, vendrán a nuestra mente los nombres de educadores memorables. Para ellos dedicamos nuestro repeto y admiración.