Enrique Rodriguez de la Osa. Foto: Cortesía del AutorMi caballero del tiempo está de cumpleaños. Es su fiesta y quiero regalarle esta crónica. Muestra la cabellera blanca, algunas grietas en su piel, por el paso de los años y pequeñas lagunas en la memoria, cuando intenta rememorar anécdotas del béisbol como árbitro, pero a pesar de todo, es un Quijote de este siglo y lo amo, venero e idolatro.
Este caballero del tiempo me enseñó los mejores modales que puedan existir. Me enseñó a cabalgar por la vida con austeridad, respeto y sencillez. Disfruta de mis éxitos y le mortifican mis fracasos. Nunca falta en él la palabra de aliento cuando las cosas no salen bien y el atinado consejo para seguir batallando con los palos que nos da la vida, como dijera el poeta.
Caballero del tiempo, amigo de la jarana, el traguito de ron o la cerveza fría. También de algunos chicharrones o masitas de puerco fritas para el saladito. Así es mi caballero del tiempo, mi amigo de tantas batallas. Ese Caupolicán que más de una vez enfrentó la muerte y también la venció.
Siete décadas cumple hoy mi caballero del tiempo. Muchas de ellas dedicada a los trajines de la pelota, su amor predilecto. De pequeño solía escaparse de la escuela para ir al estadio. No fue periodista, ingeniero o médico, pero es un verdadero arquitecto de la vida, un David que se interpuso a Goliat en su batalla por estar vivo.
Mi caballero del tiempo, tiene la fortuna de contar con el respeto de la gente y el reconocimiento popular por su sabiduría en reglas de béisbol. Ya no se viste de ampaya para salir al terreno a decretar strike y bolas, tampoco distribuye el combustible en los establecimientos de comercio y servicios de la provincia y la capital, como tantas veces lo hizo.
Ahora su tiempo transcurre en conversar con amigos y disfrutar de la pelota por la televisión y la radio. También en compartir los domingos en familia con este humilde cronista, que siente el inmenso orgullo de ser su hijo.
¡Gracias, mi caballero del tiempo! Disfrute usted estas setenta primaveras. Yo estaré en el mismo sitio de siempre, contemplando sus vivencias, mimando sus caprichos, haciendo realidad cualquiera de sus deseos. ¡Felicidades, viejo!