El libro de la ciudad

Los arquitectos leen la ciudad como un libro, y por ella se asoman al interior de sus habitantes. Ella les revela secretos que no podemos escuchar: ¿cómo somos y a qué aspiramos? ¿Qué sentido de lo útil y lo bello tenemos? ¿Somos limpios y cuidadosos, o simplemente fingimos serlo? ¿Amamos el lugar que habitamos o sencillamente estamos de paso? ¿Qué futuro nos espera? Un amigo arquitecto me confesaba que hoy nuestras ciudades claman muy alto para que todos escuchen su dolor.

El parque central o la antigua plaza donde se fundó el pueblo, el viejo cine o la antigua cárcel colonial, o quizá aquella rareza arquitectónica del siglo XIX tallada a mano piedra a piedra; la vieja fábrica abandonada como esqueleto de dinosaurio… Lo cierto es que muchas ciudades sufren deterioro y olvido. El  centro mismo de algunas villas se ha ido convirtiendo en periferia de marginalidad, ruralización, indisciplinas, contravenciones…

El abandono comienza en la piedra y termina en el alma. Primero son unos centavos (la gotera que no se “cogió” durante años, el mosaico que fue hundiéndose, el agujerito en el repello…) y después cuesta millones. Se expande desde lo más antiguo y llega a destruir construcciones que no pasan de cuarenta años. Tampoco afecta únicamente a la propiedad social. Hay muchas casas de familia con techos lleno de hierba, huecos en las paredes como de obuses y ventanas que se desprenden al mirarlas. Son cenicientas que esperan por un hada madrina, que generalmente vive o trabaja dentro de ellas, que es dueña o responsable de cada una.
 
Con ello que el libro de la historia pierde página tras página. La ciudad adquiere un aire de abandono y pobreza espiritual –más dañina que la pobreza económica-,  al que nos vamos acostumbrando paulatinamente. La indolencia es peor que la pobreza. Muchos de esos espacios han sido “canibaleados” hasta el infinito, se llenan de escombros y basura vecinal.

Todos perdemos más: economía, cultura, historia, ciudad y sociedad. Y a todos nos toca rehacerlo, especialmente las instituciones oficiales: allí donde va el corazón y la conciencia de todos. No hay más placer y más deber–como dijo Rubén Martínez Villena- que “servir en silencio y desde el fondo”.

 


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