Durante los primeros siglos de dominación colonial en Cuba, se inició el proceso de formación de nuestra nacionalidad. De la mezcla entre aborígenes, africanos y españoles surgió un nuevo tipo social: el criollo. Este comenzó a diferenciarse de sus progenitores, manifestando sentimientos de amor a la tierra donde nació. En la región del Ariguanabo está documentado un ejemplo suigéneris de transculturación.
En la casa de vivienda de un ingenio distante pocas millas de San Antonio de los Baños, ocurrieron escenas religiosas nunca vistas. Un sacerdote que se hallaba restableciendo su salud en aquella casa de campo, cuidó de adoctrinar a esclavos de ambos sexos. Con explicaciones breves y sencillas de la santa misa, los preparó para celebrarla todos los domingos y días festivos, en un oratorio emplazado al frente de la vivienda. El clérigo comprendió que sus palabras eran oídas con provecho por aquellas almas dóciles y los convenció de la necesidad de la confesión. No tardaron en llegar cada mañana desde el ingenio, tres o cuatro esclavos pidiendo al sacerdote que los confesara. La cifra de esclavos convertidos al catolicismo en aquella propiedad llegó a cincuenta.
Un espectáculo interesante ofrecían sus semblantes que parecían resucitados a la nueva vida. No se cansaban de oír la voz del cura exhortándolos al culto de las virtudes y del bien. El éxito con los esclavos trajo también a personas blancas empleadas en el ingenio. Cuentan que a las dos de la tarde del Jueves Santo, se reunieron doce ancianos morenos en una cena presidida por el sacerdote. Quizás fue esta la versión criolla de la última cena. Curiosa historia que evidencia la dominación cultural que ejercieron los españoles sobre aborígenes y africanos.

