Foto tomada de InternetCuba fue el séptimo país del mundo en disponer de un ferrocarril, aventajando en más de una década a la metrópoli española. Era el 19 de noviembre de 1837 y llovía desde horas de la madrugada. A pesar de las inclemencias del tiempo toda una multitud contempló asombrada los ruidosos movimientos de la locomotora. A las ocho de la mañana salió el primer tren Habana-Bejucal.
Los hacendados azucareros fueron los principales beneficiarios con las líneas férreas en la Isla. Al comprender la importancia para su desarrollo económico, comenzaron a apoyar la iniciativa de construirlo. Cuestiones de diversa índole, sobre todo económicas, hicieron que los caminos de hierro se montaran a un ritmo más lento del necesario.
Las compañías a cargo de las obras entraron en contradicciones. La A, compuesta por comerciantes, y la B, formada por hacendados, se enfrentaron en una contienda que vencieron estos últimos. El 11 de enero de 1842 se firmó la escritura que otorgaba los privilegios en la construcción del ferrocarril. La compañía que representaba los intereses de los hacendados tendría el derecho de expropiación para todas las obras que emprendieran. En los seis años siguientes debían estar listos los tramos de Batabanó, San Antonio de los Baños y los Palos.
Saliendo desde La Habana por el oeste, la línea férrea lleva a la villa del Ariguanabo en menos de dos horas. El 8 de diciembre de 1844, y por la misma estación que hoy conocemos, entró el primer tren a San Antonio de los Baños. El desarrollo de este servicio favoreció la extensión del correo y el telégrafo, contribuyendo a reducir más el espacio y el tiempo, entre la capital y las ciudades del interior. Los caminos de hierro desarrollaron la industria azucarera, favorecieron las comunicaciones y representaron un progreso trascendental para Cuba.

