El entretenimiento no es inocente. Todos tienen una intención. Depende del juego. Muchos de estos entretenimientos que ya vienen instalados en las computadoras, tables y celulares (por ejemplo: atravesar un camino lleno de dificultades, armar un conjunto seleccionando las formas adecuadas o correr un vehículo en pos de la meta), desarrollan ciertas habilidades y reflejos en los niños —y también en los adultos.
En otros hay que matar entre 70 y 110 enemigos para salir triunfante del nivel. Muchas veces se trata de bichos fantásticos o seres de ciencia-ficción, pero en ocasiones son enemigos humanos que se identifican fácilmente por sus rasgos físicos o sus ropas. Hay árabes y chinos, o militares rusos —incluso, cubanos. No es de extrañar que aparezcan ancianos y mujeres. Pero no se detenga: dispare, hay que ganar.
Cierto juego prohibido en varios países, comprendía entre esos enemigos a mujeres embarazadas. Matarlas valía el doble de puntos. Era un juego inspirado en la doctrina asesina de George Bush de acabar con aquellos “oscuros rincones del mundo” que molestan a Estados Unidos.
También existen juegos para construir un imperio, una empresa, un planeta, y organizar tres o cuatro castas de individuos: los que nacieron para trabajar la minería, los nacidos para soldados, los “genéticamente” albañiles o campesinos… Ninguno puede escapar de su destino: ningún minero puede ser soldado, ni un saldado sembrar trigo. El jugador decide quién es quién. Él es rey, gobernador, empresario —o hasta creerse Dios. Dominar a los demás puede ser, a la larga, un juego muy real.
Hay juegos para buscar objetos, construir, correr, volar, comerciar, odiar, matar… Otros de fútbol, béisbol, tenis, kárate, lucha, gladiadoras romanas, “jacks” destripadores, policías abusadores… Juegos que duran horas, o duran años. Hay juegos con caricaturas simpatiquísimas y otros con cuerpos humanos destrozados y sangre que baña la pantalla del computador en 3D. Hay juegos con casas o habitaciones para ordenar, y otros para volarlas en pedazos con granadas y misiles. Hay infinidad de juegos. Pero mucha atención: el niño está tranquilo y dejó de molestar. Acaso, ¿está jugando o juegan con él?

