René de la Nuez junto a su personaje El Loquito. Foto: InternetCasi un cuarto de siglo después de la desaparición de El Bobo de Abela, comenzó a publicarse el Loquito de la Nuez. En más de un sentido este nuevo personaje entroncaba con su ilustre antecesor, más allá del hecho azaroso de haber nacido ambos caricaturistas en San Antonio de los Baños.
René de la Nuez, nacido en 1937, era un joven que estudiaba en La Habana cuando comenzó a aparecer su personaje en Zig-Zag. Semanario semejante a La Semana, donde se publicaba el Bobo de Abela, por su mezcla de elementos de la política con la picaresca y el llamado cubaneo. Los ojos estrábicos, un tricornio de papel periódico en la cabeza y la mano metida en un supuesto chaleco, señalan la fisonomía y psicología del personaje.
Para el público lector se trataba de un tipo que se hacía el loco, siguiendo el mismo mecanismo del personaje que se hacía el bobo. Este Loquito, dada la situación económica y social imperante en el país, se estaba “comiendo un cable”, y “con el corazón en la boca”, satirizaba a la dictadura batistiana y reflejaba el desarrollo de la lucha insurreccional en la Sierra Maestra. Andaba “con pies de plomo” y aunque siempre pagaba “los platos rotos”, estaba en la primera línea de combate contra la política de su época.
Hasta finales de 1960, Nuez alternó el Loquito y don Cizaño en el periódico Revolución, como contrapunteo entre la reacción y la Revolución. El entorno histórico-social que auspició el surgimiento del Loquito, se agotaba definitivamente pero a diferencia de lo ocurrido con el Bobo, no era por el escamoteo de la lucha, sino por su coronación triunfante. Tanto Abela como de la Nuez, influidos quizás por las claras ideas que brotan del Ariguanabo, crearon dos personajes que marcaron época en la historia de la caricatura y la política cubana de la primera mitad del siglo veinte: El Bobo y el Loquito.