Mirada artística del Ariguanabo. Foto: William Cruz
Mi pueblo envejece. Hace mucho peina canas. Se notan sus líneas de expresión en las fachadas, los tejados dejan entrever los estragos del tiempo. Y es que son ya 222 años de historia, de cultura, de lucha clandestina a favor de la Revolución, de quehacer entre chavetas y hojas de tabaco, de música.
Son muchos los símbolos que lo identifican. Mi pueblo ha sabido ganarse un nombre en el sector artístico, específicamente en el humorismo gráfico. No ha sido fácil mantener las costumbres, porque los años transcurren rápidamente y los hábitos y estilos de vida se transforman. Las nuevas generaciones no se parecen a los jóvenes de ayer. No obstante, el sentido de pertenencia de la mayoría se observa en el amor al trabajo, a los sitios de valor patrimonial y cultural.
Mi pueblo envejece, pero mantiene nueva su esencia… esa que se apodera de los ariguanabenses hasta sus últimos días. Muchos han abandonado nuestra localidad, sin embargo, la extrañan, la visitan y la recuerdan con cariño.
Es cierto que el río ya no ofrece el disfrute de los baños de otrora por los cuales se dio nombre a San Antonio. Esta tierra fue morada de leñadores y arrieros que llegaban a sus márgenes a reponerse luego de la faena diaria. Aquí tomaron cerveza en la Taberna del Tío Cabrera, descansaron en sus parques junto a la iglesia, caminaron por la Alameda.
Hoy la realidad es diferente. Así sucede cuando un pueblo ha visto transcurrir más de dos centurias, pero las ruinas, las paredes desgastadas, las calles en mal estado, no pueden empañar todo los que significó esta villa donde el Marqués de Monte Hermoso estableció su fundación en 1794 y todo lo que simboliza hoy para quienes realmente nos sentimos ariguanabenses.