Aliados en la cultura comunitaria

En víspera del día de los Comités de Defensa de la Revolución, no pocos artistas y escritores evocamos el trabajo cultural comunitario, una labor que se ha desarrollado con éxito y denuedo en el territorio. Distinguido siempre por su enorme potencial artístico, San Antonio de los Baños, ha tenido creadores e instituciones decididas a no encerrarse en las élites y convivir en lo más profundo de la sociedad. Hoy, más de una veintena proyectos funcionan en nuestra geografía en diversas manifestaciones.

La vanguardia artística ha ido articulando su labor con la vida de su comunidad, reconociendo la importancia de la cultura popular, de las tradiciones y la identidad en cada sitio. Ellos mismos son el producto de esas tradiciones y procesos culturales de larga historia. Con su labor, se enriquecen y extienden a las nuevas generaciones esos procesos para que se renueven continuamente.

Así, por ejemplo, Rodolfo Chacón, tenor de la Opera Nacional de Cuba, ha partido de las mejores tradiciones del canto lírico en San Antonio de los Baños, para constituir desde hace diecisiete años, una academia y un programa de canto, La Dulce Quimera, cuyos frutos exhibe mensualmente en sus peñas de la Galería de Arte y diferentes centros educacionales, sociales y culturales. Nadie como sus discípulos (niños, adolescentes y jóvenes) para comunicar a sus similares el gusto por la ópera, la zarzuela o el teatro musical. Nadie como ellos para fomentar un público y continuar una tradición que garantice la permanencia de los valores espirituales de la cubanía.

Desafiando toda premonición y por idénticos caminos, Raúl Hernández Montanarro ha rebasado la escena para convertir en energía y movimiento diversas expresiones de la música, la poesía y el teatro cubanos. Promotor por excelencia, Raulito, como todos lo conocen, es imprescindible para la vida de San Antonio de los Baños.    

Sin embargo, en la extensa relación de empeños culturales a favor de la comunidad, son Los Cuenteros, con medio siglo de existencia, quienes más se aventuraron a barrios, caseríos, campamentos y sitios intrincados para que los niños conocieran el teatro, regresando siempre cargados de leyendas guajiras, décimas y música campesina. De esa relación artista-comunidad nació la estética de un grupo teatral único en el país. Félix Santos Pérez, Dardo a quien evoco en este comentario, dimensionó así la condición humana de creadores y públicos. La consagración y la unidad lo pueden todo. El trabajo cultural comunitario es un camino con dos sentidos: transforma la vida de la localidad y engrandece la vocación del artista.

La dificultad mayor a tanto esfuerzo desinteresado es el menosprecio de algunas instituciones, la falta de apoyo, la fragmentación de intereses, las carencias materiales, la poca divulgación de las experiencias exitosas y la desarticulación de los vínculos entre estructuras de gobierno y la comunidad. Algunos proyectos pecan también de superficialidad y una fría y burocrática relación con su pueblo.

En el trabajo cultural comunitario, el secreto es construir el “nosotros”, y no el “yo”; el “todos”. Es dialogar en todas direcciones y elevar permanentemente la calidad de vida a través de la Cultura, que al decir de Martí, es una necesidad y un deber, es la dignidad y la grandeza.