El niño salvaje de San Antonio de los Baños

Foto: Luis Alberto DH Río y bosques del Ariguanabo. Foto: Luis Alberto DHRío y bosques del Ariguanabo. Foto: Luis Alberto DH

Las leyendas son a los pueblos de campo, como la sal a los alimentos: indispensable. Hoy nos acercaremos a una de esas historias que, por tradición oral, llega hasta nuestros días. Acompáñenos para conocer sobre el niño salvaje de San Antonio de los Baños.

Antiguamente a todas las fincas se les dejaban bosques para sacar la madera necesaria y no tener que buscarla en otro lado. Por San Antonio de los Baños, en uno de esos montes, vivía una familia pobre de leñadores. Allí tuvieron un niño, que a los dos años empezó a caminar hacia la manigua. La madre lo tuvo amarrado mucho tiempo para que no se le perdiera. Cuando el niño tenía cuatro años, se soltaba las amarras y se perdía durante el día. Mientras fue creciendo, venía menos a la casa hasta que desapareció. Dado por perdido, la familia decidió mudarse para otro lugar en busca de mejoras laborales. Un buen día, los nuevos propietarios del lugar sintieron pasos. Miraron y vieron una sombra que corría entre los árboles y la persiguieron. Era el muchacho salvaje que había trepado a un árbol. El niño era como una bestia. Comía hojas de árboles y frutas. Tomaba agua cuando caía del cielo o en los charcos. No se ponía ropas o zapatos. Andaba desnudo. Los leñadores comenzaron a vigilarlo y en una oportunidad en que vino a tomar agua, lo capturaron.

El niño salvaje mordía y arañaba. Tenía las uñas largas, al igual que el pelo. Chillaba en lugar de hablar. Como los padres habían dejado su nueva dirección por si el niño aparecía, los leñadores los pudieron localizar. La familia tuvo que amarrarlo porque no quería vivir bajo techo. Aquel día le dieron un plato de comida y lo botó. Luego le ofrecieron hojas y frutas, y las ingirió sin demora. Al anochecer, en lugar de dormir en la cama de la habitación, prefirió el suelo. Finalmente el muchacho murió. Como toda leyenda, no sabemos cuánto de certeza o falsedad hay en ella. No obstante, todavía algunos abuelos afirman, categóricamente, que “sucedió aquí, en Cuba, por los montes de San Antonio de los Baños”.


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