Omara Durand. Foto: Tomada de Internet
Correr con los ojos del alma es el símbolo que nos deja Omara Durand. Otra vez campeona paralímpica ante el mundo. Es cubana, sí, cubana de la indómita Santiago. Es morena y sabe que llega lejos, tan lejos como sus piernas lo permiten, gracias a la Revolución triunfante. Llega al reino del olimpo por sus condiciones físicas, por su entrega, disciplina y tenacidad.
Corredoras a los bloques de arrancada con sus guías. Omara entre ellas como favorita. No claudica, no sede en la carrera en busca de la medalla más preciada. Es la mejor de todas y lo demuestra su tiempo de (11.40) en los cien metros. ¡Qué marca muchacha! ¡Record Paralímpico, que crispa los ánimos y las emociones!
Ella misma es una lección de amor, fe y confianza. Sabe intentar, luchar, crecerse ante las adversidades y vencer. Es una diosa, una elegida de las epopeyas griegas traída al siglo veintiuno.
No tiene la dicha de mirar con claridad las bondades de la vida. Es débil visual profunda. No importa para ser grande. Su luz va más allá de las pupilas. Nace en el corazón de una madre que regala preseas a su retoño y a la patria agradecida. Ahí está su mayor virtud. Brilla, inspira, impresiona. ¡Gracias, campeona!
Correr con los ojos del alma es tu mayor recompensa. Campeona de la voluntad. No hay dudas. Omara, cuando se hable de Juegos Paralímpicos en el mundo, hay que mencionar tu nombre.
Gracias otra vez. No digo más, Omara. Las palabras jamás alcanzarán tu estatura, pero adornan tu hazaña y con eso tengo suficiente.