Una vez, hace algunos años, durante una visita del Grupo Nacional de la Agricultura Urbana, Suburbana y familiar recorrí junto a productores y directivos del sector varios terrenos y patios de San Antonio de los Baños. Resultó una experiencia productiva, y satisfactoria, pues en la Finca La Felicia del campesino Fidel Muñoz, conocimos los detalles de la agricultura orgánica.
Ese día, Fidelito, como le llaman, nos invitó a probar los mamoncillos chinos, las peras, y las fresas cultivadas en su área. Las fresas, por ejemplo, podíamos recogerlas directamente de las plantaciones en la tierra, y comerlas así, tal cual, sin necesidad de lavarlas siquiera, pues se había desarrollado naturalmente, sin productos químicos. Así fue, consideramos un privilegio el hecho de probar frutos tan dulces y sanos, sin el riesgo de añadir sustancias dañinas a nuestro organismo.
Ello debiera aplicarse en todos los espacios del territorio, donde se produzcan alimentos. Es una de las prioridades de asociaciones como la de técnicos agrícolas y forestales ACTAF, que vela por la conservación de los suelos a través de estudios que permiten eliminar las causas del abuso de la tierra y a la vez basa su accionar en concientizar a los productores sobre la importancia de las buenas prácticas en la agricultura.
En mi opinión, los abonos orgánicos también aportan nutrientes a las plantaciones sin causar perjuicios, además, el humus de lombriz, por citar un ejemplo, es fácil de obtener, no genera costos y puede aplicarse muy bien en viveros, fincas de frutales, organopónicos o patios familiares.
Cualquier espacio es adecuado para comenzar a practicar la agroecología. Proteger el ambiente, garantizar alimentos sanos y con la calidad requerida, seguirá siendo una premisa para quienes entienden que el suelo es un regalo preciado desde donde nace la variedad de sabores y de nutrientes que luego disfrutamos en la mesa.


