Marta García, ante todo maestra

Imagen: Luis Alberto DH

Marta García, el arte del magisterio. Imagen: Luis Alberto DHMarta García, el arte del magisterio. Imagen: Luis Alberto DH

“Hay hombres que luchan un día y son buenos, hay otros que luchan un año y son mejores, pero hay quienes luchan toda la vida. Esos son los imprescindibles”. Con esta frase del dramaturgo alemán Bertoltd Brecht, iniciamos hoy un ciclo dedicado a reseñar la vida y obra de una destacada educadora que, aunque no nació en San Antonio de los Baños, dejó su huella en decenas de hijos de este pueblo.

Marta María Luisa García Sánchez, nació en Caimito del Guayabal, el 19 de septiembre de 1924. Su niñez transcurrió en un hogar de padres que lucharon siempre porque sus hijos se encaminaran correctamente en la vida. Cursó la enseñanza primaria hasta el sexto grado en centros públicos y privados de su pueblo natal y la Primaria Superior en Marianao. Una vez concluido este nivel de enseñanza realizó los exámenes de ingreso a la Escuela Normal para Maestros de La Habana, ocupando el número nueve en el escalafón de aspirantura. Graduada como Maestra Normalista en julio de 1944, se encuentra con una triste realidad de la época: no habían plazas para obtener aula, por lo que tuvo que laborar como sustituta en diferentes escuelas de Caimito.

Tiempo después obtuvo sustituciones fija en la escuela politécnica de Ceiba del Agua y en la José Martí, de Rancho Boyeros. En esta última es declarada excedente por lo que comienza a trabajar como maestra rural en el municipio de Santiago de las Vegas. Tiempo después, en 1949, pasa a prestar servicios en un barrio rural próximo a la playa El Salado y en terrenos del central Habana.

Ubicada en una escuela rural de la zona norte del municipio de Caimito, Marta García enfrentó todo tipo de obstáculos. El camino que conducía a dicho sitio estaba intransitable, por lo que había que trasladarse cuatro kilómetros a caballo. Al llegar a allí se encontró que no existía tal escuela, ni muebles, ni material escolar. Entonces se dio a la tarea de convertir un bohío forrado de yaguas en su aula. Durante algunos meses laboró, junto a los padres de sus alumnos, en la construcción de una escuela, que aunque modesta, llenara los requisitos elementales de higiene y estética. Durante los últimos años de la dictadura de Fulgencio Batista se dedicó a comprar y transportar bonos del 26 de Julio entre maestros de las escuelas de Caimito.

Al triunfar la Revolución ocupó diversas responsabilidades en el sector educacional, desempeñándose como Secretaria General de la Brigada Frank País, miembro del Consejo Municipal de Educación por el entonces Colegio de Maestros, primera Secretaria General del Sindicato de Trabajadores de la Enseñanza y directora de la Secundaria Básica de su municipio de residencia. Con el objetivo de llevar con las letras la luz de la verdad, brinda su aporte en la Campaña de Alfabetización. En este movimiento de masas alfabetizó a 22 analfabetos, al tiempo que se desempeñó como responsable técnica de los brigadistas y miembro del Consejo Municipal de Alfabetización de Caimito. 


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