El último round llegó para el más grande y popular de los boxeadores en el mundo. Era la noche del viernes tres de junio, cuando cerró los ojos para la eternidad el estilista del ring, el que se negó a la guerra en Viet Nam en 1960, el titular olímpico en Roma, el que defendió con honradez y dignidad su religión, en las luchas sociales y humanitarias a favor de los afroamericanos y del islam.
El último round estaba por venir. Lo sabía el campeón de pesos completos. Lo sabía desde hacía treinta y dos años. Peleó con maestría a la feroz enfermedad. El Parkinson lo vencía en cada minuto sin poder esquivar sus golpes.
Setenta y cuatro años y una vida llena de glorias, elogios y también fracasos. Siempre optimista, defensor de lo humano y justo. Un ícono del boxeo y el deporte en general. Lo golpearon los puños del ring, también las humillaciones de la segregación racial. Era locuaz y su ego no admitía la modestia: decía en todos los escenarios: “Soy el más grande”, “Soy el rey del mundo”. Pasará a la historia por sus records en el cuadrilátero. Campeón Olímpico en Roma 1960 para cerrar su carrera como amateur con 134 victorias y 7 derrotas.
En lo profesional también impresionan sus records. Tres veces campeón mundial de pesos completos, cincuenta y nueva triunfos y solo cinco derrotas lo avalan como un verdadero estilista del cuadrilátero. Tuvo muchos contrarios a los cuales desafiaba con las palabras y los puñetazos. Jabs, rectos, fintas, nocauts. Así era este hombre de piel negra, mirada brillante y temerosa y rápidos movimientos en el escenario.
Henry Cooper, Sonny Liston, Joe Frazier, George Foreman, Leon Spinks, Larry Holmes y otras luminarias del boxeo profesional, sintieron el efecto de su temible pegada. Brillar fuera del ring fue también uno de sus atributos. Así lo avala la historia. Premio Martin Luther King, en (1970), Premio Arthur Ashe por su labor altruista en (1997) y Medalla Presidencial de la Libertad en (2005), dicen más que cualquier comentario escrito o leído.