Rehabilitación. Foto: InternetA lo largo de estos 57 años de Revolución, Cuba demuestra al mundo logros significativos en el sector de la salud, no obstante, la entrega, amor al prójimo y modo altruista en el ejercicio de la profesión junto a otros valores, distinguen al potencial humano de Cuba.
A propósito conversamos con Rigual Rosales, Licenciado en tecnología de la salud en la especialidad de Terapia física y rehabilitación integral, graduado en el 2007. Este joven considera que la vida lo premia cada día al llegar a la sala de rehabilitación del policlínico número uno, José Hipólito Pazos.
El rasgo más distintivo del equipo de tecnólogos de esta sala es precisamente la juventud. ¿Qué opinión tienes del colectivo?
Somos una familia, me siento a gusto, considero que me pagan por ser feliz. Me sirve de satisfacción compartir mi vida con mis compañeros, la unidad es la premisa. Aunque jóvenes podemos transmitir optimismo a todos los pacientes, el resultado lo compruebo al término de cada jornada laboral, y le encuentro sentido a mi vida, soy útil, amo mi profesión y gracias a este colectivo respiro todo ese amor.
¿Qué te aporta el desempeño como fisioterapeuta?
Elegí esta profesión porque considero que contribuir a aliviar el dolor humano es una oportunidad mágica, no hay nada material que iguale la gratitud de comprobar la mejoría y el avance de un paciente con parálisis cerebral o con otras patologías. Estamos preparados para ofrecer una atención integral a todos los pacientes, no obstante tengo preferencias y por eso me especialicé en el trabajo con los niños. La exigencia es aún mayor, tengo que superarme a diario. Intercambiamos entre todos para la aplicación de la técnica para así ofrecer un mejor servicio.
Los niños son increíbles, el llanto, la risa, una caricia, lo que sea que hagan te llega al corazón. El respeto a los pacientes y el agradecimiento de sus familias retribuye y obliga a ser cada día más eficientes y profesionales. Nunca miro el reloj, cuando trabajo, me gusta desafiar al tiempo.
Con solo 29 años de edad, este joven guarda valiosas experiencias como internacionalista. ¿Cómo fue esta parte de tu carrera?
Solo cambió la geografía, pues estuve por un período de tres años en el estado venezolano de Táchira, pero la entrega total y el amor por mi trabajo como rehabilitador fue el mismo.
Allí encontré los mismos problemas de salud y otros de los que solo había leído. Lo nuevo fue la sorpresa que experimentaban los pacientes tras comprobar nuestra atención y ver que era igualitaria, sin discriminación por credo, raza o posición social. La salud pública cubana nos prepara para eso y supera a la salud privada.
Nuestro potencial humano es portador de conocimientos sólidos, actualizados y son además surtidores de amor, confianza en el mejoramiento humano. Los pacientes venezolanos transmitían al personal médico cubano esa gratitud.
¿Qué valores son imprescindibles en un trabajador de la salud?
Amar la profesión debe ser la principal razón de cada trabajador y la sensibilidad ante el dolor, el respeto al paciente, la disciplina en el trabajo, la sistematicidad para sumar esperanza a la vida.
La ética médica es muy importante, ser amable comprensible, transmitir confianza y optimismo. Siento un profundo agradecimiento a los profesores que me formaron y que a lo largo de estos años siguen transmitiéndome lecciones de vida. Por eso guardo en mi memoria el mensaje de la Madre Teresa de Calcuta: “A veces creemos que lo que hacemos sería como una gota en el mar, sin embargo el mar sería menos, si le faltara una gota”.