La educación de los menores exige de un clima armónico, estable que posibilite el intercambio de puntos de vista para hacer valedero lo justo, la verdad, la razón, lo correcto teniendo en cuenta los principios éticos y morales vigentes en la sociedad.
Los pequeños desde su condición de hijos o simplemente como menores, reciben la influencia de los adultos, la educación en el seno familiar la ejercen todos los miembros, por ello el ejemplo tiene que ir acompañado del trato afable que permita el diálogo.
Debemos desterrar las palabras ofensivas, los malos modales, la imposición, la agresividad. Todas estas manifestaciones prueban prepotencia, abuso de poder y son malos ejemplos que desde el hogar condicionan actitudes negativas o predisposición a aceptar el mensaje, aún cuando lleve implícita la verdad bloquea el entendimiento de las partes involucradas.
En ocasiones, en los hogares es común la gritería, los actos violentos hasta llegar al maltrato físico entre padres e hijos, entre hermanos. La repercusión en los menores tiene fatales consecuencias, pues lo asumen como conducta ante la vida y por supuesto, se extienden a otras relaciones interpersonales, e incluso marcan la personalidad del pequeño o pequeña y su preocupación futura.
La violencia familiar es responsable de que los miembros de ese núcleo sean irritables, estén malhumorados siempre a la defensiva, sobre todo si son los agresores, por el contrario los agredidos pueden ante el sentimiento de inferioridad que fomentan este trato comportarse de forma retraída, sentir disminuida su autoestima ante la falta de respeto a la individualidad.
Recordemos que la autoridad y el respeto de los hijos o de los menores en general se ganan con una buena dosis de amor y comprensión, hagamos del diálogo el puente para la comunicación y el éxito de las relaciones, tanto en el hogar como en el resto de la sociedad.


