Me siento ariguanabense por muchas razones, usted pudiera pensar que eso se debe al hecho de haber nacido en esa tierra donde se cruzan río y palma, tal vez crea que nací el 22 de septiembre … pero… ¿ de 1794?, no señor, que soy bien joven.
Tal vez piensen ustedes que lo digo por sentirme bien a tono y sea así, jocosa, ocurrente, con buen sentido del humor, puede ser, aunque le digo (entre nos) que por mis venas corren sangre artemiseña de pura cepa y allí la gente no es muy risueña, aunque son bien valientes, eso lo sabemos, a pesar de que muchos aún no entiendan que nuestra provincia es Artemisa.Sé que me da orgullo caminar las calles de ese Abad llamado San Antonio; a veces, el Marqués de Monte Hermoso me toma de la mano y me lleva al río, a ese gran río, que no es el Cauto, sino el Ariguanabo, mi Ariguanabo y suyo también, si lo desea, aunque ya no es el de antes, es nuestro Ariguanabo.
En la mañana veo como Silvio empina su papalote y me dice adiós, mientras Quidiello pinta ese mural de lo que fue La Cocinita. De la Nuez se empeña en encerrar a un loco que corre desde hace mucho tiempo por nuestras calles con su sombrero de periódico y sale a buscar al Bobo de Abela, juntos entran en el Museo del Humor, se sientan en el Parque Central, que les corresponde por antigüedad y derecho propio.
Somos ariguanabenses los que nacimos y nos criamos acá, los que en pleno día con agua o sin ella, con luz ¿y sin ella?, respiramos a Nora Lloró, con su carisma, a Villamil , sentimos a Boligán que deja una estela de caricaturas en la calle Real, a Posada que nos visita cada 25 de enero y cada 10 de febrero .
Créanme, los parques con su amanecer tan jovial, el bosque que Felo se encontró – y no lo va devolver pues ya lo compartió- me hacen sentir que he vivido acá toda la vida, un bosque tan pequeño para el mundo y tan inmenso para nosotros.
Este texto que estás leyendo lo escribí hace 3 años y no me decidía publicarlo, no soy escritora (que lástima) pero me debo este escrito a mi y a mis hermanos ariguanabenses que no están ausentes, solo que trabajan fuera de este terruño orgulloso de ellos. Por eso vienen, para respirar y disfrutar del lugar que les recuerda su infancia, sus primeros pasos, que luego los convirtieron en lo que son cada uno de ellos: grandes hombres- y mujeres también- de nuestra tierra.
Soy ariguanbense, lo repito con todo el orgullo que me cabe dentro, soy de donde hay un rio, que llora, ríe, que crece y para. Soy del pueblo (el primero) que recuerda y agasaja a sus hijos que no están, ahora recuerdo muy bien, porque me siento ariguanabense.