Cual gigante imponente de imagen y voz se eleva ante nosotros el ICRT. Vuela entre cámaras y micrófonos, a través de pasillos, teleprompters y cabinas. Nunca descansa, al contrario, vela porque sus hijos, como hormigas laboriosas, lleven el talento periodístico, actoral, de realización e historia hasta cada uno de los hogares cubanos.
Sí, es un Instituto de Radio y Televisión, pero también es un padre que ya, con cincuenta años, conoce la dulzura de los buenos tiempos y el color ocre de períodos tristes.
Siempre ha estado ahí, de voz en off o en vivo, como interlocutor y narrador de las más increíbles peripecias. De lejos o de cerca, delante, en el set, u oculto en el botón rojo del “record”. Siempre listo, galopando para que llegue a nuestra pantalla la riqueza de la fotografía de otrora, o la música que relaja e inspira.
El ICRT crece. Llega a la madurez plena. Ni batallas incesantes, ni tiempos de crisis o escasez de recursos han podido frenar su fe inquebrantable.
Como Quijote viene a regalarnos sus proezas. Sin escudero ni Rocinante, solo con la verdad y el esfuerzo logra destruir molinos de incultura y ocio.
El ICRT es grande, y no lo digo solamente yo. Si bien para cualquier periodista es un lujo contar con su existencia, también lo es para el médico, el artista, la madre que espera en casa el horario de la telenovela o el niño que escucha cada mañana el segmento infantil.
A todos nos enorgullece ese edificio ubicado en 23 y M en el Vedado capitalino, nos anima a vivir cada día. Nos recuerda que en sus columnas y su espacio todo, aún pueden nacer los sueños.