Peleaste con el corazón en el medio del pecho. Cuba lo hizo contigo y en cada finta, agarre o proyección, estaba el Cienfuegos que te vio nacer. Negra, guapa, fuerte como el roble y sonriente cual flor que percibe el rocío de la mañana en mi Cuba bella, subiste al colchón dispuesta a la medalla de oro.
No podía ser de otra manera. Eres discípula del gordo Ronaldo Veitía. Maestro, guía, padre, ejemplo. Combatiste de tú por tú con la rival y el tiempo se detuvo en espera de la gloria. Pasaron los minutos establecidos del combate y llegó la regla de oro. Sabías que podías, aunque menguaran las fuerzas. Veitía gritaba desde afuera… ¡agarra, agarra, ataca, ataca! Lo hacías con todo el denuedo del mundo, con las fuerzas que te quedaban para luchar contra el reloj, pero ya era demasiado. Tu rival sabía que estabas agotada. Ella también sintió el peso de la pelea, la calidad de tu excelente judo.
Apareció entonces un yuko que selló este episodio olímpico. Te confieso que me comí las uñas y cerré en ocasiones los ojos. Pedía tu victoria, tu oro olímpico. Esta vez los dioses del Olimpo no escucharon mis súplicas y quedaste en plata. La coreana democrática Kum Ae An fue la titular en los 52 kilogramos. Otra vez el sabor a oro quedó en tus labios y las lágrimas en las mejillas mostraron tu inconformidad.
Persististe en busca de la gloria olímpica, pero el colchón te negó el oro. Eres subcampeona de los Juegos Olímpicos de Londres. Por segunda vez escalas a la cima de los grandes. Repetiste la presea de Beijing 2008. Querías más, lo sabemos, pero no se pudo. Cuba vistió tu kimono y peleó contigo morena. Pequeña de estatura, pero grande de alma. Coraje y voluntad brillaron en tu episodio. ¡Gracias por la pelea!, Yanet Bermoy. La Perla del Sur te recibirá como lo que eres, grande entre las grandes.