El hombre sin edad

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Hubo una vez un hombre que nació entre cedros enormes y frondosos. La lluvia y el viento, el día, la noche, el sol y el frío lo conocieron de memoria. Todos se acercaban al lugar a preguntar por él, pero no lo encontraban.

Querían tocarlo, indagar si era cierto que había un hombre así, pero no lo hallaron. Sintieron su voz, oyeron que se escurría en la madrugada, sin importarle el sueño o el cansancio.

Los hubo ansiosos, desafiantes, que no creyeron lo que decían sobre él. Pensaron que era un mago. ¿Cómo puede caminar tan a prisa que nadie logra alcanzarlo? Vivió el hombre rodeado de misterios que otros inventaron en su afán por entenderlo.

 

Un niño un día alzó sus ojos y vio que un rostro le sonreía diferente. Llevaba la dulzura mezclada con la mirada más pícara del mundo. Le ofreció sus manos sin edad para que el pequeño lo ayudara a llegar al parque donde el pueblo estaba reunido.

Era un día muy especial. Él sostuvo al pequeño en sus hombros para que le dijera qué acontecía. Alguien cantó bien fuerte, mientras los otros aplaudían. De pronto, el chiquillo le pidió acercarse donde los demás.

Fue entonces cuando un señor con un bastón se dirigió a todos y les dijo: “ha llegado la hora”. Dicho esto, caminó fuera del tumulto y se detuvo frente al hombre que llevaba al niño a horcajadas.

Nadie podía creerlo. Por fin lo conocían de cerca. Muchos sabían de él por sus abuelos o sus padres, pero ahora estaba entre ellos. Las miradas del gentío brillaban de entusiasmo. El anciano del bastón tomó la palabra y dijo muy alto para que todos, los que estaban y los que no, lo oyeran:

“Este es el mejor hombre del mundo. Nunca hubo alguien que hiciera tanto por los más necesitados”. El eco de su voz retumbó a cientos de miles de kilómetros.

Los presentes lo rodearon, lo llamaron “querido amigo”, le tendieron la mano y él les dijo: “muchas gracias, soy un humilde servidor y seguiré siéndolo, para que nadie se atreva jamás a quitarnos lo que tanto nos ha costado. Soy uno más de ustedes, continúen festejando”.

Y el niño, desde sus hombros, les dijo a todos: “este hombre, eterno como el tiempo, cumple años hoy, vamos a cantarle Felicidades”.


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