Elisa Franchi Alfaro - a la izquierda- junto a Mery Delgado y Freddy Díaz en la inauguración del estudio de Radio Ariguanabo en Güira de Melena
A Ernestico quiero dedicarle hoy unos minutos. Quizás no me recuerda o pensará que lo olvidé. Dejé de verlo muy pequeño y cuando volví al Ariguanabo ya era hombrón fuerte y noble. Para mí seguía siendo el niño con el que más de una vez compartí la cama.
El chiquillo no dormía bien, pero era mejor para mí quedarme junto a él y su madre. Los tres cabíamos. A fin de cuentas, nadie pesaba demasiado y una noche se pasa dondequiera, pero siempre mejor con los amigos.
Tantas veces su nombre era más hermoso cuando la que le dio el ser lo pronunciaba. Él era todo o casi todo para ella. Él casi no tenía a nadie más. Pero sus vidas eran las de muchas violetas que florecen una sola vez. Ella lo educó en el amor por la naturaleza toda. Le enseñó que es de hombres sudar la camisa. La vida es un soplo de viento y hay que aprovecharla, orgullosos de haber hecho el bien.
No supe mucho cómo fue su niñez y su adolescencia, pero sé que su madre jamás lo dejó solo. Más de una reunión o trabajo voluntario conocieron del pequeño que, cual arete, llevaba ella con esfuerzo sí, pero con el más grande amor.
Todos no tienen una madre así. Madre completa, que no escatima a la hora de atender al hijo, aunque su labor profesional le robe horas al sueño. Y si llega un amigo, se le brinda lo que tenemos. Hay que apoyar a la gente y dejarse querer para que la vida nos dé su mejor cara.
Una madre, Ernestico, que es amiga, te quiere como hijo y me hace sentir como si yo lo fuera. Me dice niña, porque así me ve. Quiere que lo aprenda todo de una vez. A caminar por tantos rumbos, a sacar lo mejor de mí y de mi profesión para ayudar donde haga falta. La escuela de ella no fue la mía. Pero a ambas nos enseñó casi lo mismo.
Nos entusiasmaron mutuas alegrías y hubo momentos en que no podíamos creer que la existencia fuera tan cruel, cuando se rebosa el optimismo. Entonces volvimos a abrazarnos, a compartir más de un recuerdo feliz.
El alma se yergue cuando la altivez se pone en firme, aunque el cuerpo no quiera responder. Así vi, Ernestico, cómo llevabas a tu madre en bicicleta a hacer alguna visita. Sola no podía, pero estabas tú. Siempre estuviste y sé que podrás seguir adelante.
Hoy hace tres años que mi amiga no está más. A ti, su niño, te debo una visita, pero mi corazón lo tienes todo. Espero que cuando nos abracemos no haya lágrimas, no hacen falta. A ella, que tanto luchó por el Periodismo en Radio Ariguanabo, a mi querida Elisa Franchi Alfaro, le tomo su frase más socorrida: “jodida y me alegro”.
El viento sopló muy fuerte cerca de ella, pero nunca pudo alejarla de todo lo que amó y ayudó a crecer.

