EL llanto de La Alameda
Ocho años después del trágico episodio, su orografía sigue intacta, tal y como la dejara el paso de Charley. Abandono, descuido, incomprensión, falta de gestión y otras incongruencias, hacen ver la misma imagen que nos quedó luego del desastre natural, aquella madrugada del 13 de agosto de 2004.
Llora la Alameda sus propias añoranzas. Sueños de Cupido que tejieron el porvenir de muchos ariguanabenses en sus bancos y aceras. Los mismos que hoy no pueden siquiera mirarle de frente. Dolor y pena se entrelazan en un abanico de pasiones. Se filtra entonces en el hilo incansable de las aguas del Río Ariguanabo y acompaña este cuerpo deshecho sin dejar residuos de aquel accidente natural.
Crece el lino verde encima de lo que fuera parte de sus muros. ¡No hay piedad! ¡Adiós a los sueños! Se apagaron las luces de las antiguas farolas y ya nadie concibe este sitio sin la hermosura que cautivó a los que les conocieron. El llanto de la Alameda lacera mis oídos. No tengo respuesta. Solo me resta esperar por que alguien se conduela y actúe. Mientras, sigo triste y cabizbajo, pero con la esperanza a cuestas. Acostumbrado ya a sus gemidos y suspiros. Tengo fe en el mejoramiento humano de que habla el Apóstol. Espero entonces en busca de un nuevo renacer.

