Hay que vivir para conocer el mundo y cómo son pisoteados la ingenuidad, la virtud, el talento, usando ridículas causas y nombres de difuntos, que no pueden opinar.
Los incapaces del bien, obran con sus únicas armas: el daño solapado o explícito. Como ratas, husmean hasta encontrar las mejores presas. Sus disfraces de cuidadores del mundo, los protegen para clavar voraces ponzoñas en tiernas avecillas.
Son siervos o abogados del diablo. Se sienten impotentes y hacer actos perversos, los envalentona, cual patético elixir.
Todavía hoy la indignación conmueve a un pueblo que vio caer a ocho jóvenes por la obra de la justicia mancillada. Cuando la fuerza del mando puede más que la razón, los impíos hacen su fiesta. Los honestos pueden exponer sus pechos a las balas, pero nada remedian.
Solo la esperanza de un mundo mejor puede contra la barbarie. Los estudiantes cubanos, los de Medicina o de cualquier especialidad, rinden homenaje a sus mártires.
Somos herederos de aquellos que con firmeza defendieron en 1871 la verdad de Cuba en un juicio detestable, que acabó con la vida inocente de alumnos de la Universidad de La Habana.
Se sembró el terror, pero también el odio hacia el enemigo. Vibraron gargantas clamando justicia. Aun seguimos luchando contra los tenebrosos intimidadores de ángeles libres y honestos.

