Jóvenes del Directorio RevolucionarioHay palabras que estremecen: altivez, rebeldía, coraje. Las hay que enseñan a pensar: urgencia, ingenuidad, convicción. Pero los hechos siempre superan los vocablos.
La luz del día y un grupo de muchachos. No era un juego, tampoco había soldados entrenados en busca de poder.
Eran jóvenes, estudiantes, gente humilde, castigados por los desmanes de un dictador. Tenían un líder. No era experto en armas ni estrategias militares. Su inteligencia molestaba a los rufianes, su dignidad mucho más. La arquitectura le permitió soñar con una Cuba mejor edificada.
Llevaba en sí el sentir de un pueblo. Otros lo intentaron en sitios diferentes y fueron truncados. Pero llegar a la madriguera del tirano era impensable.Las escaleras del palacio recuerdan aquellos instantes: la prisa, las balas, el humo, los espejos y el vacío en la oficina del odio. La traición nunca falta cuando hay buenas intenciones. La maldad se solapa, por eso hay que pensar bien y rápido.
Una cabina radial es tomada por sorpresa. Sus locutores atónitos muestran cautela y dan paso a una voz, que solo apagó la salida del aire de la planta y una bala, que llegó a unos metros de allí, cerca del Alma Máter.
De aquel sitio salió su hidalguía y lo perpetuó como presidente de honor de los universitarios. Desde entonces la sangre de José Antonio y de sus compañeros señala el camino de la libertad y su “pueblo de Cuba” no dejará que nada ni nadie pueda mancillarlo.