El hilo de Ariadna de cada estudiante
Fue ella mi primera maestra, quien me educó para que respetara a todos y me hiciera respetar a través de una conducta, que siempre se encargó de perfilar para que no tuviera grandes obstáculos en la vida.
El férreo carácter de mi madre y su empeño para que sus hijas fueran, primero que todo, personas decentes, fue la mayor lección que no encontré en ningún libro, pero que siempre me ha permitido orientarme sin que ella esté. No hay dudas de que ha sido mi mítico hilo de Ariadna en cada laberinto de todos estos años.
Como ella he conocido padres y madres que con cariño y rigor educan a sus retoños para que sean individuos de bien. Cuando se llega a un aula es fácil darse cuenta quiénes provienen de familias con tal desarrollo.
Los estudiantes son más seguros, aunque sus notas sean mejores o peores. Sus uniformes relucen, la asistencia y puntualidad nunca fallan, el material escolar está cuidado y el comportamiento ante el juego o el estudio conoce los límites.
Siempre hay excepciones en cualquier regla. Solo la vida puede trazar normas invariables. Las que se impongan sin lógica, el tiempo las desaparece y muchas pasan al baúl de los tristes recuerdos.
Por eso las familias atentas al progreso de sus hijos no les hacen las tareas ni los trabajos prácticos, les exigen responsabilidades para que no sean inútiles ni parásitos, para que la doble moral no los encierre hasta volverlos poco creíbles.
Los padres que educan bien a sus hijos los orientan y van a conocer al claustro de profesores para saber cómo colaborar mejor en la instrucción. No van a las aulas en busca de una apariencia para que les den notas que no merecen. Los buenos maestros tampoco permiten que un alumno avance hacia otro grado sin los conocimientos necesarios.
Y en esa relación hogar escuela gana un individuo que va conociendo qué es la ética, la moral, el derecho, el deber, como asignaturas sin notas, pero imprescindibles para toda la vida.
También gana la sociedad que premia a quien lo merece, que no se burla de quien no pasó de grado, pero le pone pautas a cada cual, para que todos sepan que no somos iguales, que la diversidad existe y hay que tolerarnos.
La relación hogar escuela ha sido y seguirá siendo el mejor molde para que cada persona en formación piense con cabeza propia, como primera y esencial enseñanza, que en el caso de nuestro país nos legaron maestros insignes de la talla de Félix Varela, José de la Luz y Caballero y José Martí.