Un cliente distintivo

 

MochitoMochito sale todos los días en la mañana hasta la cafetería con una pequeña jaba que su dueño le pone en el cuello y trae el bizcocho que le encarganCada mañana cuando salgo, llego hasta la cafetería que está situada a dos cuadras de mi casa para degustar el sabroso líquido que allí ofrecen. Hace ya varios días, fui testigo de un suceso. El protagonista de mi historia es un ser muy simpático a quien los vecinos le profesan mucho cariño, su nombre: Mochito.

Mochito es un perro “sato” como le llamamos los cubanos a esos perritos que no pertenecen a raza alguna, él no tiene pedigrí, no lo necesita, pero es un gran amigo y es muy obediente. Mochito sale todos los días en la mañana hasta la cafetería con una pequeña jaba que su dueño le pone en el cuello y trae el bizcocho que le encargan.

Dispuesto, llega hasta el lugar (a una cuadra de su casa) le ladra a la dueña del establecimiento y ella le despacha, sabe bien qué desea el “cliente”, toma la jaba, recoge el dinero que está dentro de ella, le pone el dulce y él ladra como si diera las gracias y sale disparado para compartir con su dueño la golosina que tanto le gusta.

Un poco de historia

Dámaso González Lastra, es un hombre de la tercera edad, me cuenta que hace ya más de seis meses empezó a domesticarlo para esas funciones, pero anteriormente lo hacía en una cafetería estatal que queda a cuatro cuadras de su casa. Las primeras veces fueron juntos –cuatro ocasiones- luego iba con él, depositaba un peso o dos en la jaba y le decía a la dependiente que le despachara al perro. Aunque al principio ella se negó, aceptó ayudarlo y pasados los días, ya el perro iba solo. Su patrón lo llamaba, le mostraba la jaba con el dinero, le señalaba qué rumbo tomar y el can salía solo y por supuesto, regresaba con la encomienda.

Dámaso después descubrió que cerca de su casa existe un establecimiento donde venden bizcochos- dulce que le gusta muchísimo a los dos- y decide enseñarle un nuevo recorrido. Al principio fue con él, con la jaba al cuello y el dinero dentro, le pidió a la dependiente que le despachara al perro, ella lo hizo y le advirtió que en cualquier momento el perro iría solo. Esta operación la realizó durante tres días y al cuarto, lo llamó, le enseñó el dinero, la jaba, y le dijo “tráeme bizcocho”. Mochito salió hasta el lugar, le ladró a la dueña y… ¡qué sorpresa verlo sin acompañante!, por supuesto, ya sabía lo que tenía que hacer.

El cliente

Ya es habitual su salida, muchos vecinos del lugar lo vigilan y lo esperan, pues disfrutan ver a este cliente solicitar el servicio.

Mochito tiene nueve años, por tanto es un perro adulto, no aprendió desde que era un cachorro, aprendió tarde, pero bien. Su dueño me confiesa que ese animalito es su vida y se le ocurrió enseñarlo sin saber que aprendería. Lo llama con un silbato y sale veloz al llamado, no es juguetón, siempre está en una esquina de la casa esperando a ser convocado y obedecer.

No es santo para nada, cuando hay alguna perrita en celo, no escucha ni el silbato, entonces sí que no se acuerda de su dueño ni del bizcocho… se pierde dos y tres noches, no duerme en casa (como ven, los perros también pernoctan fuera alguna que otra vez).

Pero mi historia no termina aquí... a veces Dámaso sale a jugar dominó a tres cuadras de su hogar y el perro se llega hasta el lugar para velar a su dueño. 

Frente a la casa donde se juega dominó vive un amigo de la familia (Rolando) que le da pan y él, claro está, con mucho gusto se lo come. Si el dominó demora y ve que su dueño sigue enfrascado en el juego, cruza la calle y le ladra al amigo para solicitar otro pan. Si su dueño ya está en casa durmiendo la siesta y él tiene hambre, pues allá va en busca de Rolando para que le dé pan.

Si tiene algún animalito en casa ofrézcale la mejor de las atenciones, ellos por muy increíble que parezca también son capaces de hacer por nosotros.