En una habitación para solteros de la casona número 3913, ubicada en el parque central en San Antonio de los Baños, vivió José Ignacio Pérez Martínez, a quien su pueblo reconocía como Cuinco.
Lo acompañó la fama de sencillo morador, hombre solidario de buenas costumbres, sensible, estuvo siempre entre brochas, escaleras, pinturas e inmensas paredes en espera, de lo que mejor él sabía hacer: pintar. Para Cuinco el mayor tesoro del hombre radicaba en la nobleza de espíritu.
Estuvo oculto tras la apariencia de hombre común sin historia pero, ocurrió el milagro. Sus amigos alentaron con fantasías su imaginario y ya dejó de ser uno más para convertirse en un imprescindible entre los pobladores del Ariguanabo- reconocida por demás como la Villa del Humor.
Cuinco se aferró a esas historias como lo hizo también Juan Candela –personaje emblemático de Onelio Jorge Cardoso- que expresó: Hay que creer en algo bonito aunque no lo sea. Sin nada o casi nada, le encontró sentido a sus 72 años de existencia, disfrutó de estar vivo y lo hizo intensamente hasta los 76. Hombre solitario, se aferró al tiempo a través de historias ajenas, sustituyó el desarraigo por la compañía de los pobladores que se reunían en el parque y buscaban su compañía, colmó su corazón del amor idealizado por la protagonista de la telenovela brasileña Doña Bella y el buen amigo Don José que le enviaba regalos desde la finca La Tojosa.
A la historia de José Ignacio Pérez Martínez, Cuinco, le pueden faltar capítulos, sin embargo, en el epílogo está la esencia de un hombre muy pobre, muy humilde, con sed y hambre de humanidad, pero lo más importante es que al final del camino nos dejó una lección: el optimismo de no dejarse vencer por las adversidades.
Como artífices del bien a favor del mejoramiento humano, amigos y gente común, tejieron historias, anidaron sueños y alimentaron esperanzas que desplazaron la soledad, la tristeza, el abismo, la desolación y el desamor. Al morir el 20 de agosto de 1990, el pueblo lo acompañó y entre los primeros, aquellos que fueron responsables de que Cuinco dijera: Ya puedo morir, soy un hombre feliz.
La vida de Cuinco es una historia extraordinaria, similitud entre realidad y ficción. El Ariguanabo lo recuerda aún a 23 años de su muerte, sus historias son repetidas de generación a generación por poseer la grandeza de ser gente de pueblo.