El alcohol y sus daños
El alcohol es una sustancia tóxica soluble en agua conocida con el nombre químico de alcohol etílico. En las bebidas alcohólicas se encuentra en proporciones que varían entre el cinco y el cincuenta y cinco por ciento con relación a la cantidad de agua. En la cerveza por ejemplo, tenemos un cinco por ciento de alcohol, en el vino se encuentra en un diez por ciento, mientras que en las bebidas fuertes oscila entre el cuarenta y el cincuenta y cinco por ciento.
Necesitamos conocer sobre el recorrido del alcohol en el organismo, para poder comprender mejor sus efectos tóxicos y nocivos. Después de ingerido, pasa a la sangre a través de las paredes del estómago y del intestino delgado y circula libremente por todo el cuerpo, donde provoca daños a diferentes órganos, por su condición de sustancia tóxica, hasta que es neutralizado casi siempre a nivel del hígado.
El proceso de neutralización de un solo trago tarda aproximadamente una hora, así que cuando se ingiere en grandes cantidades, los tejidos del cuerpo están expuestos por varias horas a su acción tóxica. Así que lo mejor es mantenerse alejado de esta sustancia tan dañina. No solo por los daños físicos que ocasiona sino también por los psíquicos y sociales.
El proceso de neutralización del alcohol etílico en el organismo ocurre por etapas y en cada una de ellas los productos que se obtienen son cada vez sustancias más tóxicas. En el último paso se produce el ácido acético, que no es otra cosa que vinagre y al final éste se convierte en colesterol, por eso se explica la acumulación de grasa en las arterias y la ateroesclerosis prematura en el alcohólico, de la misma manera que en el fumador. También actúa sobre las glándulas suprarrenales y las obliga a producir sustancias que elevan la tensión arterial.
El alcohol puede despertar la libido o deseo sexual, pero si sobrepasa el límite, es capaz de provocar incapacidad sexual y su inicial efecto estimulante se convierte en deprimente. El exceso de alcohol provoca sopor y relajamiento muscular. La ciencia confirma lo que también se puede evidenciar de forma práctica, el abuso del alcohol incapacita tanto a hombres como a mujeres para disfrutar a plenitud del placer sexual. Son tantos los perjuicios que ocasiona, que no puedo aconsejarle otra cosa que no sea, mantenerse alejado lo más posible de él. Es una condición necesaria para vivir con salud.
El alcohol y sus daños II
El alcoholismo es considerado una enfermedad crónica que daña el organismo, las relaciones familiares, sociales y puede ser causa de violencia, conductas antisociales, desavenencias, accidentes e incluso homicidio. La familia debe estar conciente de su rol protagónico, para que esta tendencia negativa no crezca y se desarrolle dentro de su seno. El consumo excesivo de alcohol por parte de algún miembro del núcleo familiar desencadena diversas situaciones de crisis y alteraciones en el resto de sus integrantes, con repercusión médica, social o económica.
Lo más importante para enfrentarse al alcoholismo, es que tanto el individuo como sus familiares reconozcan la realidad y no asuman posiciones de negación o evasión. Asimismo se debe reconocer que se trata de una enfermedad.
Se sabe lo frustrante que resulta vivir con una persona adicta a la bebida. Es difícil ver día a día desplomarse las relaciones amorosas y familiares por la ira y los conflictos irracionales que genera el alcohol. Qué decir cuando vemos gastarse el tan necesario dinero en alcohol, en lugar de emplearlo en cosas imprescindibles como la alimentación de los hijos. También resulta difícil ver crecer a los niños en una atmósfera anormal e incierta. Pero la realidad es que si la persona reconoce el problema y quiere realmente dejar de beber, puede hacerlo.
Muchas veces dentro del hogar resulta difícil resolver el inconveniente, no es fácil catalogar de alcohólico a la persona que amamos, decimos casi siempre que es un bebedor pero que no es un alcohólico. Se nos hace demasiado dura la palabra, que además tiene muchas ideas asociadas con ella, que nos desestabilizan. Para enfrentar el alcoholismo de cualquier familiar, es necesario reconocer que se trata de una enfermedad para la cual no se conoce cura, por lo menos hasta el momento, y no de un vicio. El alcoholismo es una enfermedad física y emocional, más que una cuestión de poca fuerza de voluntad o una debilidad moral.
La compulsión del alcohólico por beber crea a menudo una resistencia obcecada contra la ayuda. Algo frecuente en estas personas es la creencia de que lo necesitan para poder enfrentar la vida. Por eso, las actitudes que adopten los integrantes de la familia ante la conducta alcohólica de alguno de sus miembros, influye de modo decisivo en la evolución del propio enfermo.
Es bueno conocer, que tan nocivas pueden resultar las posiciones sobreprotectoras, como la intolerancia extrema, la violencia o el rechazo al alcohólico. Se deben evitar las recomendaciones o los intentos de “manipular” a las personas en estado de embriaguez y tampoco es recomendable el desarrollo de sentimientos de culpa y vergüenza entre los familiares.
Las principales armas con que contamos en estos casos, además de la ayuda de un especialista, son el cariño y la paciencia.