El amigo de la rosa blanca

Cultivó la rosa blanca para el amigo sincero, tomó la estrella que ilumina y mata para defender la Patria, puso sobre sus espaldas a cabalgar el jinetuelo y murió de cara al sol.

 Ese es el José Martí que conocí, el hombre y poeta, el patriota y padre que consagró toda su fuerza en beneficio de la tierra madre que lo vio nacer.

A 161 años de su desaparición física en Dos Ríos el pensamiento martiano está vigente en cada obra de la Revolución, en el llamado a elevar nuestros valores éticos, a formar una juventud capaz de tomar las riendas de la historia futura, a construir un mundo mejor donde todos seamos hermanos, sin bombas, sin sangre inocente derramada, sin el dolor de las madres que pierden sus hijos.

El Apóstol de la Patria se agiganta en cada aniversario y su estirpe crece. No hay tema en el que Martí no haya colocado su pluma: cantó a la naturaleza, a la niñez, a la mujer, condenó al enemigo, conoció como nadie las entrañas del monstruo imperialista, enemigo avieso de quien siempre nos alertó y afirmó que Patria había una sola desde el Bravo a la Patagonia.

El exilio lo convirtió en amigo solidario de los oprimidos, sus versos llegaron  a hombres y mujeres de todo el continente.

Hoy el pueblo cubano se encuentra inmerso en una batalla por salvaguardar las conquistas de más de 50 años de Revolución y el pensamiento y la obra martiana están vigentes en el llamado a la unidad, como lo hizo en Tampa con los Tabaqueros, donde ratificó que sólo unidos somos invencibles.

Honrar, honra, esta es la forma de rendir tributo a ese hombre que cultivó la Rosa Blanca.