No es la primera ocasión que nuestro sitio web ofrece comentarios sobre la necesidad del uso correcto del idioma español. Pero no por reiterado, el tema carece de importancia. Al contrario, el llamado persiste, dado que hablar bien, desafortunadamente aún se descarta entre las prioridades de muchas personas. Insistimos una y otra vez en compensar desde nuestro municipio, esta lengua materna, creación popular y resultado del mestizaje del latín con voces de los pueblos que habitaban zonas ocupadas por el imperio romano.
Esa popularidad alcanza proporciones tales en nuestra sociedad, que por los aportes considerables, podría afirmarse que hemos inventado un nuevo lenguaje.
Ahora bien, no me niego a asumir ciertas novedades extralingüísticas, que después de todo hasta resultan identitarios. Mi criterio se inclina a saber cómo y cuándo emplearlos, de acuerdo al contexto y a nuestro receptor que debe captar nuestro mensaje sin dudas ni incomprensiones.
El término “popular” proviene de la unión entre lo culto y lo vulgar, pero en Cuba se han desmarcado los límites entre uno y otro. Así, encontramos a aquellos que expresarían: “Relátame con quién deambulas y te manifestaré tu idiosincrasia” y otros que sencillamente dirían: “Dime con quién andas y te diré quién eres”.
Dos maneras diferentes para expresar una misma idea. Seguramente, con la primera frase muchos se reirían, pero con la segunda todo lo contrario. Ahí es donde radica la esencia de este trabajo. Hablar bien el Español no requiere de un diccionario, ni de extraer de libros antiguos palabras rebuscadas. Él se engalana y se enriquece a partir de la simplicidad que le da su origen, a partir de la propia mezcla que lo vio nacer colmada de frases comprensibles, sin ser peyorativas ni agresivas.
Para ser joven- y no echemos toda la culpa a los jóvenes- estar a la moda o destacarse en la sociedad, no implica destruir el lenguaje.
¿Por qué abreviar palabras o aplicar términos vulgares y extraños, si podemos llamar a las cosas por su nombre real?

