Nuestra provincia acaba de cumplir su primer año. Apenas 12 meses han transcurrido desde aquella decisión estatal de dividir una para crear dos.
Desde entonces, La Habana, tal y como la conocíamos los que aquí nacimos, desapareció y cedió su nombre a la capital del país.
Estas transformaciones trajeron aparejados disímiles comentarios entre la población, algunos de ellos inagotables y sin fundamentos.
Para muchos, la nueva división político-administrativa provocaría confusiones, mayores dificultades y mayor burocracia en los trámites de procesos y actividades sociales y económicas.
Además, resultaba complejo renunciar a nuestro gentilicio de habaneros, para llamarnos artemiseños, nombre que se refiere a un municipio todavía desconocido para algunos ariguanabenses, a pesar de ser la cabecera provincial.
Es cierto que todo cambio produce una sensación de rechazo y temor, pero teniendo en cuenta que se produce para el beneplácito de todos, vale la pena asumirlo.
Artemisa ha demostrado durante este año que merece la categoría obtenida. Los resultados productivos y económicos han aumentado con la disminución de territorios por empresas.
Salvo el transporte, que aun presenta dificultades para las mejoras que la población anhela, el resto de los sectores se esmera cada día por desarrollarse. Igualmente los planes para la agricultura en la producción de alimentos, la salud pública, el comercio y la educación muestran nuevas oportunidades para alcanzar la total estabilidad y disminuir las deficiencias persistentes. Asimismo se mantiene la prioridad de aumentar los ingresos, reducir los gastos y sustituir importaciones.
Entonces, aunque aún no hayamos asimilado esta nueva identidad y a veces surjan confusiones al escribir el nombre de nuestra provincia, debemos agradecer la luz de esta nueva división que poco a poco alcanza mayor vitalidad y madurez.


