Amar a alguien no es creer que esa persona es perfecta, sino aprender a aceptarla con sus imperfecciones, y aún así, seguir amándola. Esas manchas son las que definen la grandeza y la luz de los hombres.
La perfección es una quimera que muchos creen poseer o haber alcanzado, sin embargo, solamente se encuentra frente a una imagen idílica de sí mismos, rastros de vanidad, frivolidad e imitación. Este es un fenómeno común, como común es el alma de la humanidad.
Personas que se miran al espejo, y al hacerlo rememoran aquella frase del filme de dibujos animados “Blancanieves y los siete enanos”: “Dime espejo mágico, ¿quién es la más bella del reino? Afortunadamente para ellos, siempre encuentran a su alrededor alguien que les responda cual personaje épico: “Tú, solo tú mi señora”.
Pienso que la belleza cuesta mucho si no es propia y que por tanto perdura muy poco. Retenerla es imposible, porque no hay maquillaje que resista amaneceres.
Por ello, el hombre debe trabajar en su espíritu, en su alma, asumir sus defectos, eso es precisamente lo que lo convierte en humano. Si no cometiéramos errores no tendríamos nada que contar, no tendría cabida la experiencia y ya sabemos que más se aprende de los muros de piedra que de los caminos de rosas.
Así que te invito, estimado lector, a ser original. Comienza a vivir la exquisitez de ser quien eres, no imites, y no te desgastes en moldearte como los otros pretenden que seas.
Equivócate, cae y levántate, no temas ensuciarte las manos y desgastar tus talones persiguiendo los sueños.
No seas de aquellos que se consideran perfectos porque se exigen menos de sí mismos. La perfección es una nube muy alta que nunca llegaremos a alcanzar.
Como no son perfectas las montañas, y el agua está repleta de impurezas, tampoco lo son mis palabras, pero lleguen a ti, para que sepas quererte: alta, delgado, grueso o pequeña, con mal humor o distraído, pero al fin, precisamente como eres.

