Agua y jabón: amigos para siempre

No puedo imaginar qué pasaría en nuestras vidas sin usar el agua y el jabón. Quizás usted prefiera tener muchísimo dinero, cantidades enormes de comida, ropa y calzado adecuados para cada ocasión, una gran biblioteca para leer sin detenerse.

Todas pueden ser opciones para no desperdiciar. Yo, personalmente, quisiera tenerlas todas. Pero ninguna la cambiaría por la urgencia de tener agua y jabón siempre disponible, como se dice: a la mano.

 

¿Quién duda de lo feroz que es el verano cubano? Sabemos todos los microorganismos patógenos que generan el aumento de la temperatura ambiental y la humedad relativa. No es un tema divertido, no es atractivo hablar de enfermedades: “cuando ellas lleguen, ya veremos lo que haremos”, suelen cavilar y decir algunos.

Estoy segura que más de uno estará pensando cuando fue la última vez que visitó a un médico. Otros harán la estadística sabrosa de cuántos panes y pizzas se comen diariamente en la calle con las manos sucias. Mejor, ni me digan, ya sabemos que la vida es dura y hay que enfrentarla y sobre todo que requerimos anticuerpos.

¿Pero es seguro andar por la vida sin pensar en las nefastas consecuencias de la falta de higiene? Hace unos días me referí a que la ley nos juzga a todos por igual y cuando dije todos, aludí a las personas tanto naturales como jurídicas.

La falta de higiene es un mal que se sabe como empieza, pero jamás como termina. Muchos países europeos hace algunos siglos conocieron la peste y de nada les sirvió a los ciudadanos ser ricos, famosos, inteligentes, refinados, pues tanto reyes como siervos tenían sus vidas en peligro.

Hay quienes viven en una supuesta burbuja y están casi seguros de que a ellos no les sucederá nada y andan casi felices porque han logrado un feudo protector adonde suponen no llegan los agentes patógenos que usualmente enferman al planeta.

Mi modesto andar por el mundo me ha mostrado a personas increíbles que no sueñan con la pureza, pero la practican con devoción. Pienso quizás en los tantos científicos como Carlos J, Finlay, que nunca temió mezclarse con sus enfermos para sanarlos, pero sí temió a quien provocaba el mal y contra ese vector luchó, como ya sabemos.

Lo que trato de recordar es que podemos hacer oídos sordos, mientras aseguramos nuestros bolsillos, cumplimos tareas riesgosas de alta responsabilidad, educamos a niños y jóvenes para que sean personas cultas. Pero hay prioridades que nunca debemos olvidar como la higiene personal, de la casa, sus alrededores y de toda una ciudad o poblado.

Si alguien lo duda, pregúntele a aquellos que peinan canas, ¿qué se ha entendido siempre por decencia? Se trata del aseo, la compostura y hasta el adorno de nuestros cuerpos o de las cosas que utilizamos.

Pero definitivamente para llegar a tener decencia, el agua y el jabón que usemos para lavar nuestras manos y las de nuestras familias, formarán parte de las buenas costumbres que aprenderemos y exigiremos que nos permitan practicarlas cada día.