Yo conocí una en esa localidad situada a unos 30 kilómetros de la capital cubana, que como la mayoría de las mujeres cubanas contemporáneas, no era una simple ama de casa, tenía demasiadas responsabilidades sociales, laborales, intelectuales, pero, además, era el timón de su hogar. Sola enfrentaba su vida y la de su hijo.
Nunca la escuché quejarse, siempre me sorprendió su maravillosa creatividad y organización para que todo funcionara sin mayores contratiempos en su modesta vivienda. Hasta las enfermedades de su pequeño tenían un orden de prioridad.
Para mí el ahorro tiene componentes imprescindibles que, cuando no se tienen en cuenta, falla el mecanismo. Si alguno de los elemento a atender queda rezagado, comienzan a aparecer dificultades que interrumpen la buena marcha del proceso hogareño.
Es posible que existan algunas casas en la mundialmente conocida como Villa del Humor donde un hombre sea quien lleve las cuentas de cómo utilizar el presupuesto. Pero si así fuera, lo más probable es que viva solo o tenga alguna mujer cercana –dígase abuela, madre, hermana, novia, esposa, hija- a quien le entrega el dinero para que ella ejecute las compras y el pago de impuestos de su domicilio.
Parecer ser que las mujeres poseemos un don especial para entender cómo hacer más con menos.
Ahorrar es sinónimo de madurez, sabiduría, sentido común, instinto de conservación de uno mismo y de la especie humana. Las mujeres, esa fábrica donde se hace la vida, desde los más remotos tiempos distribuyeron, planificaron cada migaja de pan para que nadie quede sin lo necesario.
Pero ahorrar jamás será dejar de comer, vivir a oscuras para que el consumo eléctrico no aumente, no tomar agua para que alcance, tener un solo vestido y un solo par de zapatos para no gastar dinero en supuestas vanidades, no bañarse para ahorrar agua y jabón.
Dejar de hacer las cosas esenciales y gratas de la vida no es ahorrar. Es malvivir, disgustarse, no encontrar el ritmo que lleva al término medio de lo necesario.
Quienes buscan cómo reciclar o reusar cosas viejas para convertirlas en otras nuevas, bellas, útiles, encuentran un camino que todos podemos experimentar de las más diversas maneras en este poblado donde nace el río Ariguanabo. El tiempo, ese maestro implacable, no nos permite quedarnos atrás, pero jamás nos obliga a ser violentos para ser felices.
Cuando usted se compara con su amigo, con su hermano o con el vecino, lo más probable es que, además de estar siendo poco ético, esté perdiendo su precioso tiempo; pero si lo encuentra como alternativa para imitarlo y competir con él, entonces si que habrá fracasado.
Sueñe sus propios sueños por raros que le resulten. Lo que a primera vista parece poco interesante, el empeño que le pongamos, el entusiasmo que le dediquemos, lo convertirá en magnífica obra.
Hay que ahorrar, fundamentalmente ahora que el verano feroz nos une por más horas en cada vivienda. Alguien debe convertirse en líder o jefe de cada hogar, llamar a todos y planificar cómo emplear la ingeniosidad criolla, el humor, la “chispa” cubana para que la convivencia fluya, el consumo energético no se dispare, el agua alcance y todo lo demás también.

