Hágase un favor y no se automedique. ¿Cuántas veces hemos escuchado la sabia frase a algún médico amigo nuestro? El galeno lucha porque el paciente entienda los daños que tal decisión puede acarrearle.
Más de un programa radial o televisivo, incluso varias páginas de la prensa escrita, que llegan al pueblo ariguanabense, tratan tan delicado asunto, considerado una adicción para muchas personas. Y digo adicción porque bien conocen nuestros facultativos que a sus consultas llegan indiscriminadamente individuos de cualquier edad a pedir una o varias recetas de algo que comúnmente tienen indicado por sus médicos de la familia u otros especialistas.
Es un mal hábito en todos los sentidos. Los médicos tienen orientaciones precisas del Ministerio de Salud Pública de no acceder a esas solicitudes. Pero también conocen de las dificultades que a diario tenemos para llegar en el horario establecido a una consulta o al médico de nuestro consultorio. Asimismo saben que algunos medicamentos escasean por épocas y eso hace que quienes lo necesiten constantemente, se inquieten si les falta y traten de asegurarse cuando existe en las farmacias.
Con todas esas realidades se juega la vida más de una persona, que con tal ritmo, caprichos o desconocimiento, no intenta frenar el desorden que ella misma le ha puesto a su organismo.
La inmensa mayoría de nuestros galenos son solidarios probados, no solo fuera de Cuba, también dentro del archipiélago que los vio nacer. Casi todos se ufanan por cumplir sus múltiples responsabilidades profesionales, políticas, sociales, familiares, personales, sin dejar de ser amables con cuanto paisano se le acerca por su bata blanca o porque ya lo conoce. Es difícil la tarea de educar a la población y no ser un “pesao”.
Disciplina es algo que se aprende con la moral de cada día desde nuestros hogares, pero también con nuestra convivencia regular en un lugar y un tiempo determinados. Las circunstancias cambian y con ellas las más elementales normas éticas. Eso es humano y no dejará de serlo.
Pero la disciplina individual, la que cada uno de nosotros le impongamos a nuestro cuerpo y nuestra mente, depende en gran medida de la voluntad que seamos capaces de desarrollar para adaptarnos sin mayores contratiempos a las más disímiles contrariedades que nos depara la vida.
No todos ni siempre estamos aptos para lograr vencer tales pruebas. He ahí que no todos podamos soñar los mismos sueños y a que muchos se les conviertan en realidades maravillosas y a otros en tristes pesadillas. Con la automedicación ocurre exactamente igual. Una persona sensata está atenta a cómo actúa determinada sustancia en su organismo y si le asienta, le preguntará a su médico si tendrá que convertirse en dependiente de esa medicina o podrá ir cambiando algún estilo de vida para no transformarse en adicto.
Solo una enfermedad muy arraigada nos obliga a depender de los fármacos. La mayoría de las veces nuestra voluntad para conocer nuestro cuerpo nos permite regular algunos detalles y jamás automedicarnos.
Conozco a más de un asmático crónico que no puede salir de su casa sin su correspondiente aerosol, porque al darse cuenta, comienza a sentir que se le acorta la respiración. Evidentemente en estos casos no ha logrado aprender a autocontrolarse. Igualmente sé de muchas personas que han tomado lecciones, cursos, talleres o lo han hecho de forma autodidacta, pero de cualquier modo han aprendido que su cuerpo es un templo y que solo ellos pueden protegerlos. Se hacen fuertes psicológicamente para que nada los perturbe, ni la más terrible falta de respiración.
No es magia. Es no dejarse arrastrar por la rutina, aunque seamos parte de ella. La automedicación es una indisciplina personal que conlleva a una mayor que es la social. Atentamos contra nosotros y vamos ayudando a que crezca el caos. Muchos enfermos padecen con los años de otros males provocados por la ingestión indiscriminada de medicinas que, lejos de curarlos, les torcieron más sus vidas.
Para la sociedad tener más enfermos es contar con menos personas aptas para la multiplicidad de tareas cotidianas. Tener personas que se automedican es incrementar las demandas de fármacos por causas no justificadas.
Lograr la dosis exacta es la meta que debemos trazarnos. Comportémonos como ciudadanos fuertes, sabios y disciplinados.

