Algunos autores buscan el origen de los conflictos subyacentes a la violencia doméstica en las rutinas del hogar adaptadas a una fuerza de trabajo exclusivamente masculina, que ha dejado de monopolizar los ingresos económicos de la familia con la incorporación de la mujer al trabajo, la pobreza y la escasa movilidad social.
Aunque no puede afirmarse que toda la violencia sea cometida por hombres, sí ocurre así en la mayoría de los casos. A veces son el padre y la madre juntos, quienes cometen las agresiones, como en el caso de malos tratos a los hijos. La patología del maltrato infantil, desgraciadamente, no tiene fin.
En nuestro país, aún existen casos donde mujeres y niños son víctimas de este castigo, pues cualquier manifestación que daña la integridad física o psicológica de ellos constituye un acto de violencia que todos debemos combatir.
Las familias disfuncionales, donde existen hijos fuera del matrimonio, uno o ambos padres consumen alcohol, entre otras situaciones, son las más propensas a padecer este problema.
El amor, el respeto y la solidaridad entre los miembros de la familia, son condiciones indispensables para que la violencia no fructifique y haga daño, pues sus consecuencias son perjudiciales para el desarrollo integral de los seres humanos, dejando en éstos una amarga huella que los marcará durante toda su vida y lo mismo hará con sus descendientes. Digamos no a la violencia, a favor de una vida con calidad para nosotros y la familia.
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