El reggaetón nuestro de cada día

No exagero si digo que vivimos la era del reggaetón. Soy periodista, no precisamente socióloga o musicóloga. Muchos en San Antonio de los Baños nos interesamos por leer a diario la prensa cubana, ver la televisión nuestra, escuchar la radio nacional y razonamos sobre el modelo de hombre nuevo que tratamos de construir y el verdadero fruto que encontramos día a día.  

Hablo por los que tenemos sentido de pertenencia con este archipiélago, aunque no vivamos todos en Cuba. Los hay que viven en la Isla, pero sueñan y piensan en otro idioma, con otras realidades, que nada tienen que ver con quienes pensamos y soñamos una Patria decorosa, culta, popular, sin prejuicios y sin vulgaridades por doquier.

Intento hablar del reggaetón, luego de mesas redondas televisivas nacionales dedicadas al tema, con la presencia de especialistas en la materia y de voces autorizadas, donde se exigió no continuar dando rienda suelta a lo fácil y perjudicial para la sociedad.

No sé qué aporte nuevo podemos hacer los cubanos que respetamos la familia, si desde los años 90, tuvimos que enfrentarnos a escuchar, primero, a los salseros a todo volumen con estribillos como “Hey you loca” o “El papirriqui del guaniquiqui”, mientras cada día se sentía menos a los trovadores de los 80.

Y si tal suerte nos pareció una pesadilla, peor ha sido soportar el ritmo fácil, las letras irrespetuosas y hasta marginales de los reggaetoneros. Dos generaciones de cubanos han crecido bajo esos códigos, que retumban en los oídos advirtiéndonos que ahora les toca a ellos. Es su momento y hay que convivir con ellos, nos guste o no.

¿Podemos evitar oírlos? ¿Se puede mencionar algún aporte positivo del reggaetón a la cultura musical, creativa, social del país? ¿Quiénes ganan con él? ¿Alguien duda que la música sea parte de la sociedad y es representativa de lo más pujante en cada época?

Pudiéramos llamar a expertos para aclararnos más sobre el fenómeno y sus consecuencias para la música. Sería conveniente, incluso, que un sociólogo nos explique por qué los jóvenes lo prefieren. En lo que casi todos coincidimos es en el mal gusto, la violencia, el irrespeto a todo lo valioso espiritualmente que genera.

Cada cierto tiempo cambian los paradigmas sociales, esos que nos hacen pensar en un ideal de vida, con todo lo que el paquete trae dentro. Envuelto en él viene una estética identitaria que incluye: tipo de música, filme, lectura, ropa, calzado, peinado, pareja, vivienda, medio de transporte, estilo de comunicación y todo lo que corresponde al proyecto de vida en cuestión.

Podemos hacer sacrificios de cualquier tipo, pero los arquetipos no se cambian por resolución. Se construyen de a poco y cuando despertamos un día ya los visualizamos. No podemos negarlos ni arrancarlos de raíz. Nos indican simplemente que estamos de vuelta o que nos quedamos atrás.

No invito a nadie a conformarse ni a consentir la vulgaridad. Trato de que recuerden cuántas veces pasó algo parecido en la historia mundial. Quizás debamos empeñarnos en educar cuidadosamente a nuestras familias para que no desprecien tanto el reggaetón como nosotros, porque los hijos se parecen más a su tiempo que a sus padres.

Pero también tendríamos que esforzarnos para que los jóvenes entiendan que las modas pasan y la vida sigue. Si nuestros niños bailan reggaetón por un rato, pero aprecian a Beethoven o a Lecuona, escuchan con agrado a Buena Fe, Silvio Rodríguez o a los Beatles, habremos ganado gran parte de la batalla.

Cuando lo útil y lo bello no van de la mano, hay peligro de vida estéril, sin sentido, sin rumbo definido, sin proyecto beneficiador para la mayoría. He ahí el enorme cráter que puede abrir en nuestro mundo ese meteorito llamado Reggaetón.


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