¿Alguien duda que la comunicación sea la primera necesidad humana? Quien no esté de acuerdo, puede intentar convencerme. Quizás, luego de una fluida conversación, le dé la razón y la persona me demostrará que solo esa arma tan poderosa que es la comunicación, en este caso interpersonal, logró cambiar mi punto de vista.
No hay remedio conocido que supere la palabra amiga a tiempo. Sin importar demasiado la historia del proceso comunicativo humano, su evolución, sus maneras de manifestarse a través del tiempo, nos indican cuán necesario ha sido y sigue siendo.
La villa ariguanabense, pródiga en hijos cultos y trabajadores decentes, es cosmopolita y eso la obliga al diálogo, a los criterios encontrados.
¿Qué ocurre cuando nuestro niño no habla y llora? Nos desesperamos tratando de encontrar una respuesta a su reclamo. Probamos mil formas de descubrir lo que no logramos comprender y, en el mejor de los casos, alguien con más experiencia nos alcanzará alguna fórmula mágica aprendida de la observación diaria de otros infantes.
Desde el Ariguanabo también la vida es pensamiento y análisis para la acción. Cuando no ocurre en este orden, hay violencia manifiesta. Pensar por otros, suponer sin preguntar, tomar decisiones que no nos corresponden, son claros síntomas de que algo anda mal en la comunicación humana.
La censura, esa suerte de Santa Inquisición de todos los tiempos, invoca al silencio ante situaciones complejas. Pasar por la vida con tanta discreción nos pone de espaldas a la realidad por temor a las consecuencias desagradables advertidas por quienes nos educan.
Enajenarnos es una forma conocida de la incomunicación. Solemos criticar entonces al joven que no anda derecho; cuya conducta inadecuada resulta molesta; mientras aplaudimos la mediocridad de quienes se escudan en la solvencia económica; cual rey tuerto en un mundo de ciegos. La tolerancia no nos iguala, nos da armas para la paz.
Andar de paso por la vida nos enseña a mantener buenas relaciones con nuestros semejantes. También aprendemos a discernir quién es cada cual. Conversar con todos amablemente, tratar de no imponer criterios irracionales, estar convencidos para convencer, debían ser prácticas cotidianas.
Pero salir al mundo puede darnos de narices con seres inexactos, que no entienden ni tratan de entender. No investigan, acusan. No dialogan, condenan.


