Esperanza roja para una epidemia

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Esperanza es virtud, capacidad, fortaleza indomable, confianza infranqueable. Es certeza plena. Solo ella permite idealizar sin temores, trabajar sin dormir por sueños que parecen desvanecerse a los ojos de desesperados y presuntuosos.

Las pruebas, el tiempo, los obstáculos son retos para los esperanzados que desafían todo camino en la búsqueda constante de un objetivo a corto, mediano o largo plazos.

Así encuentra cada jornada a Quiñones, desde su labor de programador cultural en el Ariguanabo, que desvela por el método más convincente para orientar a los moradores de este poblado en la única forma de lucha contra un enemigo acechante: el sida.

Sus esfuerzos no pueden ser en vano, la pandemia suma nuevos contagios en la villa y pareciera inútil el camino, pero este hombre es tozudo. No hay otro modo de combatir a tan terrible mal y en su suerte de Quijote-Quiñones emplaza su adarga justiciera para que nadie se crea sin posibilidades de contraer el Sindrome de Inmunodeficiencia Adquirida.

 

Miralis es joven con historia respetable. Su dominio del tema le permite, desde la Dirección de Educación, Cultura y Deportes, hacer promoción de salud, fundamentalmente entre los jóvenes del complejo estudiantil Batalla del Jigüe. Más grande que el amor tiene que ser la esperanza para no detener el paso de esta muchacha inquieta y convencida que no hay cura posible en los próximos 20 años para el VIH.

Alertar, escuchar, ser confidente. Miralis aprende para enseñar. Nadie tiene derecho a no ser aceptado como usted y como yo. A todos nos une la posibilidad del contagio y la de nuestros hijos o nietos o compañeros de trabajo. Hay que aprender a dar la mano, a recibir y respetar a quienes han sido dañados por una enfermedad, que no es inmoral ni penal.

Ser amigos es ayudar, ser solidarios. No es compartir agujas sin esterilizar ni tener sexo sin protección. Es besar sin temor. Es saber que la medicina avanza, pero no existe manera de diagnosticar rápidamente el VIH. Podemos estar infestados y los resultados decir que no lo estamos por muchos meses, incluso años.

La esperanza se torna roja al hablar de sida. El lazo simbólico nos convierte en promotores de salud, de hermandad, de inteligencia para amar. Así despiertan Miralis, Quiñones y quienes cada día siguen tras el sueño de acortar cadenas contagiosas y hablar en voz alta sobre esta rara enfermedad que muchos poseen sin saberlo, mientras hablan avergonzados de quienes la llevan con dignidad.

Los premios esperanza pueden ser para ellos, para otros como ellos. Cuando se mencionen los nombres de la presente edición, se sentirán dichosos de saber que en San Antonio de los Baños se trabaja para el entendimiento y la prevención.