Cuando se habla sobre la necesaria vinculación hogar- escuela, son muchas las personas que no perciben la importancia de cumplir este principio que juega un papel fundamental en el desarrollo de las relaciones sociales.
Como bien se conoce, la familia es la célula fundamental de la sociedad, a ella le corresponde el 80% de la formación de las nuevas generaciones, el otro 20% se encuentra en manos de la escuela.
Sin embargo, en la actualidad se identifica en ocasiones divorcio entre ambas partes, se torna insuficiente el apoyo de uno hacia el otro.
Presente por ejemplo, cuando el padre no asimila la falta cometida por el hijo y emprende reclamaciones contra el maestro sin saber a ciencias ciertas quien tiene la razón o cuando el educador no es capaz de ser justo ante el accionar del alumno, de manera que pueda discernir la causa de tal comportamiento.
Sencillas preguntas nos ayudarán a identificar este acertijo...¿Mantiene la disciplina correcta nuestro hijo en la escuela? ¿Usa correctamente el uniforme? ¿Realiza sus tareas?¿Cuenta con la asistencia requerida para asistir a los trabajos de controles? ¿Es respetuoso con los maestros y compañeros?.
Para no ser injustos también cabe preguntarse si el educador trasmite la suficiente autoridad ante el alumnado, si lo trata con respeto, le habla en voz baja, constituye un ejemplo y de ahí una serie de normas de conductas necesarias en quienes tienen el gran reto de educar, enseñar e instruir.
Considero que la familia no puede encontrarse ajena al desempeño de sus hijos en la escuela y a la vez el maestro debe mantenerse al tanto de los estudiantes bajo su tutela, quererlos, conocerlos, respetarlos, depositar en ellos su confianza. Debe existir una comunicación adecuada entre ambas partes, tolerancia, cada cual con la responsabilidad que le corresponde en la formación del hombre nuevo.

