Ancianos solos, no

Nuevamente son los ancianos el objeto central de nuestro comentario, esta vez con el interés especial de referirnos al peligro que para ellos representa andar solos en la calle, si ya perdieron sus principales reflejos.

La familia debe mantenerse pendiente a ese particular. En la sociedad de hoy donde por lo general son los jubilados de la casa quienes se encargan de las compras habituales diarias entre otros trámites, es menester la alerta sobre qué actividades pueden hacer y cuáles no, teniendo en cuenta su estado de salud o discapacidad.

Existen muchos ancianos con una voluntad muy fuerte, son perseverantes, y ello les impide mantenerse más tiempo en el hogar, prefieren la calle de cualquier modo.  Es usted, quien debe persuadirlo para que lo haga de forma limitada.  Es posible que ya no cuente con la capacidad física o mental que le permita ejecutar lo que antes hacía sin dificultad.

Resulta vital que la familia del adulto mayor  aprenda a mantener la tolerancia ante determinada situación y sin imposiciones, pero si con persuasión  negocie con el anciano sobre donde puede o no asistir  debido a la en ocasiones ignorada percepción de peligro que suele existir en la calle, los ejemplos sobran, pudiera tratarse de un bicicletero  en sentido contrario, un vehículo a exceso de velocidad, la falta de asientos donde se prestan servicios públicos, además de otros acontecimientos que se presentan en el día a día.

No pretendemos ofrecer la justa receta para lograr el objetivo de preservar la vida de un anciano solo en la calle, pero de una forma u otra con la práctica de las normas elementales de conducta y de los valores humanos también podemos prestarle ayuda a esa persona, aún cuando no sea familia nuestra.  La amabilidad, cortesía y respeto, pueden contribuir.