Leí una vez- no recuerdo dónde-:”La belleza interior no se encuentra en cualquier lado, sólo en el corazón de aquella persona que ama la vida”.
No importa el aspecto externo de la persona si de ella provienen buenos sentimientos, gran espiritualidad, energía, suavidad…
Los seres humanos somos complicados, siempre estamos hablando bien o mal, pensando bien o mal, vistiendo bien o mal, sin embargo en el fondo amamos- tanto los buenos como los malos- y creemos en lo bello, aún cuando no veamos a simple vista, el corazón que tiene cualquier persona.
Ser dulce, afable, sano, divertido, elocuente o sencillo, resta y opaca los bellos ojos que podamos tener, el color del pelo o el jean, de última moda. Muchas personas llaman la atención por su sencillez, la calidez del andar y lo agradable de su presencia, no pasa por alto en cambio… quien disfruta llamar la atención con lo externo y resulta un poco desagradable para muchos, porque generalmente las personas “pacotilleras y narcisistas”, no hablan bien, son vacías de mente y sentimientos, y les gusta llamar la atención precisamente por esos “atributos”.
Este siglo lleno de tecnologías e informática, trae el aparentar ser bello por todas las cosas materiales que se tienen, el egoísmo y la envidia.
Ser de los que abogan por la sencillez y lo natural, es más sabio y nos ayuda a ser conscientes de dónde somos, qué somos y cómo vivimos.
El valor de una persona está en todo lo que resguarda por dentro como amigo, hermano, compañero… su valor está en darnos cuenta, qué abanico de cosas buenas y bellas nos trae, aunque su aspecto exterior no sea el mejor.
No es la piel, la ropa, el alcance monetario o la profesión lo que nos hace mejores, es lo que tenemos dentro para dar con gusto.