Ya lo dice el sabio refrán: “vale más andar solo que mal acompañado”. Entonces, ¿por qué muchos jóvenes y adultos recurren a las bebidas alcohólicas para complementar la diversión?
El tema cobra mayor relevancia durante el verano, época en que la mayoría de los adolescentes disfrutan de sus merecidas vacaciones y de las propuestas recreativas que ofrecen las instituciones ariguanabenses.
Sin embargo, otros hacen caso omiso a estas opciones de corte literario, artístico y deportivo, y prefieren aliarse a las botellas de vino o cualquier otra mezcla con alcohol, antes de recrearse sanamente.
Quizás, en mi opinión, la inexperiencia y ese afán de imitar actitudes del grupo social, impiden que realmente se detengan a pensar en los perjuicios del alcoholismo, analizado como una de las adicciones más dañinas para el ser humano.
Verano y diversión no tienen por qué marchar bajo el compás de las bebidas, pues el aparente estado de bienestar o euforia que produce el alcohol, a corto o largo plazo podría evitar el disfrute con óptima salud de próximos períodos estivales.
Los cubanos – sin que suene generalizado- se adaptan cada vez más al consumo de bebidas durante cualquier evento o reunión que lleve por objetivo divertirse. Mujeres y hombres, adolescentes, ancianos hacen de este líquido la esencia que no puede faltar en un encuentro social, encima de un banco del parque, en fiestas populares, frente a una mesa de dominó… toda ocasión es propicia.
Lamentablemente, frenar estos comportamientos no es tarea sencilla. Por un lado, las direcciones de Cultura y Deporte promueven formas saludables de compartir en los meses de julio y agosto, pero los establecimientos comerciales presentan por doquier las imágenes de las botellas.
Pienso que la solución radica en la conciencia individual. Cada uno de nosotros es responsable de nuestros actos y de elegir cómo y en qué compañía disfrutar del verano.